Revista Mía

Entrevista a Almudena Grandes

"La crisis económica ha sido una guerra y los derechos de los ciudadanos el botín". La comprometida y premiada escritora madrileña acaba de publicar Los besos en el pan (Tusquets), su 12ª novela.

"La crisis económica ha sido una guerra y los derechos de los ciudadanos el botín".
La comprometida y premiada escritora madrileña acaba de publicar Los besos en el pan (Tusquets), su 12ª novela.
En ella, Almudena Grandes (Madrid, 1960) hace un paréntesis en la serie sobre la Guerra Civil que comenzó a publicar en 2010 para centrar su mirada en la vida diaria de un barrio golpeado por la crisis.
Intencionadamente, ese barrio es el suyo, el de Maravillas/Malasaña: no podía encontrar mejor modelo. Aquí sitúa personajes valientes y peleones como ella misma.
Es un libro apegado a la realidad. Al leerlo, seguro que mucha gente va a pensar que estás contando sus historias.
Estoy contando el presente que, por desgracia, todos compartimos un poco. Al principio iba a hacer una novela de un barrio cualquiera de Madrid, pero cuando saqué referencias me salió el mío. Aparte de que me guste y lo quiera tanto, es un barrio muy bueno para escribir una novela como esta porque es muy representativo del caos social que hay en Madrid. Aquí viven los ricos y los pobres mezclados y es una buena ventana para ver cómo esta situación ha empobrecido a todas las clases sociales menos al 4 % que tiene más dinero que todos los demás juntos.
¿Como surgió Los besos en el pan?
Arranca de Las tres bodas de Manolita, la tercera de mis novelas sobre la Guerra Civil. Cuando empecé a escribirla, lo último que me podía imaginar es que me iban a decir tantas veces: “Lo que usted cuenta aquí –paro, desahucios, catástrofes e imprevistos, es decir, enfermedades erradicadas que vuelven, niños sin escolarizar– es un poco lo que está pasando ahora”.
¿Y el título de dónde viene?
Es una reivindicación de la cultura de la pobreza, la que hemos perdido en los últimos 20 años en este país. En España la pobreza nunca había sido humillante o vergonzosa. Luchar contra ella era vivir pero no excluía la alegría, la emoción, la ilusión ni la esperanza. Yo he pensado mucho en mi infancia para analizar la crisis; por eso, rescaté la costumbre de besar el pan, que es una cosa que no me enseñaron en casa mis padres, sino mis tías abuelas. Yo creía que lo de besar el pan era una cosa pintoresca y muchos años después me di cuenta de que era un reflejo del hambre: el pan como metáfora del alimento. El pan se besa y no se tira, porque habían pasado mucha hambre.
¿Escribir sobre la realidad actual es más difícil que hacerlo sobre el pasado?
No, es distinto. Al escribir sobre el pasado yo me siento respaldada por los hechos históricos, a lo mejor no es toda la verdad pero me puedo basar en el trabajo de historiadores que han estudiado el tema antes que yo, y a partir de ahí ‘ficciono’. En comparación con eso, escribir sobre este presente tan inmediato es como saltar sin red; sin embargo, me pareció que era apasionante. En realidad, me di cuenta de que era un libro muy coherente con la serie sobre la Guerra Civil, era la misma perspectiva. Me di cuenta de que lo que estamos viviendo es una posguerra, porque lo que nosotros llamamos crisis económica ha sido una guerra, la de los poderes económicos contra las soberanías y las democracias. Y los derechos de los ciudadanos han sido el botín de guerra.
Suena muy duro.
Sí, pero yo estoy convencida. Esto no ha sido una estafa, ha sido una guerra.
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EnEntrevista a Almudena Grandes

Tienes fama de escritora peleona. ¿Cómo llevas esa etiqueta?
Lo llevo bien. Pero creo que hay un poco de confusión, parece que comprometerse es una elección del escritor y eso es mentira: escribir es una toma de partido ideológica sobre la realidad.
Pero hay quien escribe sobre temas que nada tienen que ver con la política...
Esa es una elección ideológica igualmente. Mirarse el ombligo o esconderse en una torre de marfil para escribir también produce ideología, ¿no? Yo soy una ciudadana, como todo el mundo, tengo mis derechos muy pisoteados y muy en precario, como todo el mundo, y formo parte de la sociedad. A mí no me interesa convertirme en un gurú, sin embargo la sociedad se moviliza en una causa que yo comparto. Yo tengo mi deber moral de opinar en los medios a favor de esa causa.
¿Cómo viviste la campaña política de tu marido, Luis García Montero, a la Comunidad de Madrid por Izquierda Unida? Él dio un paso adelante.
Yo no quería que Luis se presentara, pero desde el mismo momento sabía que lo iba a hacer porque lo tenía clarísimo. Luego dije: “Si se va a presentar, vamos a hacerlo bien”, y fue una campaña superintensa. Cuando al final pasó lo que pasó nos llevamos un disgusto muy grande y ahora pienso que, con lo que está pasando, era lo mejor que podía ocurrir.
Que los dos seáis escritores, ¿es más fácil para la convivencia? ¿No interferís? ¿Os enseñáis lo que escribís?
Nosotros no hemos competido nunca porque Luis, aunque ahora ha escrito novela, es básicamente poeta y yo novelista; son dos géneros muy distintos. Eso lo he vivido siempre como una suerte, porque por un lado tengo un lector de calidad a mi lado que puede ser sincero conmigo, aunque a veces no le haga caso. Somos los primeros lectores del otro. Y luego hay una cosa positiva: vivir con alguien que sabe en qué estado estás. Si yo estoy en una fase autista o neurótica, él sabe lo que pasa. Uno del otro sabe cuando se tiene que callar y no dar el coñazo a su pareja. Eso nosotros lo llevamos muy bien.
Con las noticias del día a día, ¿no te dan ganas de apagar la tele? ¿Podrías vivir en esa desconexión?
Dan ganas, pero todavía conservo la capacidad de indignación. Cuando me dicen: “Yo me exilio”, yo digo: “Pues yo no, a mí me van a aguantar hasta que me muera”.
Has dicho muchas veces que no te gusta que te hagan fotos, pero vivimos en un mundo en el que la imagen es prioritaria. ¿Cómo lo llevas?
Yo me he apropiado de una frase del historiador Josep Fontana que dice: “Los historiadores no tienen que tener biografía, sino bibliografía”, y yo digo que esta escritora también. Mi imagen más importante es la portada del libro. No envidio nada a la gente que vive de su imagen, me parece que es una tiranía muy indeseable, porque está condenada al fracaso. Basar tu carrera en algo tan efímero y tan inmaduro como es la juventud y en algo tan inmerecido y aleatorio como es la belleza me parece que es una mala inversión.
Te diste a conocer con Las edades de Lulú, que ganó el Premio Sonrisa Vertical de novela erótica en 1989. ¿Crees que hoy se publicaría?
Sí, se publicaría en una colección de novela normal. Ahí esta el ‘fenómeno Grey’, que es un producto de consumo de mala calidad que se vende en los supermercados, y las mujeres lo leen en el metro sin ninguna clase de pudor.
¿La sociedad ahora es más mojigata?
No, vivimos en una sociedad más superficial. El concepto del sexo también se ha aligerado, cada vez es más consumo y menos un conflicto, porque el sexo es un conflicto siempre, por eso es tan irresistible y tan apasionante. Todo eso tan fascinante que tiene que ver con el pensamiento del sexo ha caído, y ahora el sexo ha quedado como para los memes, para las tonterías y para los concursos de televisión.
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3 preguntas de las lectoras

¿Qué tiene Madrid que no tenga otra ciudad? 
El agua, una de las bendiciones de esta ciudad es poder beber agua del grifo; que aquí nadie es más que nadie y puedes bajar a comprar el pan con una bata de boatiné, y el orden en el casos. Madrid es una ciudad en perpetuo movimiento, parece que siempre se va a descontrolar y en el último momento posee un orden interior que lo impide.
Has confesado que lloras mucho al escribir, ¿cuál fue la última vez?
Con Los besos en el pan. No quiero desvelar acontecimientos, pero cuando la abuela Martina le dice al nieto por qué ha puesto el árbol de Navidad en septiembre estuve a punto.
Como buena cocinera, ¿qué plato te sale mejor?
Muchos: las croquetas de jamón, la ensaladilla... Si tuviera que quedarme con uno solo, diría que mi cocido es mucho mejor que el de la mayoría.
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