Revista Mía

La dura carrera hacia el Oscar de Viola Davis

Viola Davis, ahora una actriz premiada con un Oscar por su papel en 'Fences', ha tenido que sobrevivir a la extrema pobreza y batallar contra todas las discriminaciones posibles. Ésta es su historia.

Autor: A. I.
Ya habrás oído alguna vez su nombre: Viola Davis. Probablemente porque ha sido nominada tres veces al Oscar en los últimos 8 años y por fin se lo ha llevado. Es la nueva sensación, a los 51. Tiene además dos Tony, cinco premios del Sindicato de Actores, un BAFTA y un Globo de Oro. “Me lo merezco. Así de simple”, ha dicho. No es que vaya sobrada de ego, sino que, precisamente, ha superado el miedo a no ser lo suficientemente buena. Ha dejado de castigarse.

La vergüenza de no tener

Lo que pasa es que Davis (Carolina del Sur, 1965) creció cargando con la vergüenza. No por ser negra o mujer -por eso eres “maltratado”, dice-, sino por ser pobre. Con la pobreza no hay maltrato, “es que ni siquiera estás ahí. Ni siquiera existes”, explica. Nació la quinta de seis hermanos, en la cabaña de una sola habitación de una granja, y vivió allí con toda su familia hasta que se mudaron a un barrio de Rhode Island. Cuenta que allí la mayoría de las veces no tenían agua caliente o electricidad. Que las ratas mordían la cara de sus muñecas y que podía oír cómo atacaban a las palomas en el ático. Que por las noches dormía con harapos atados al cuello para evitar que la mordieran. Confiesa que ha robado y rebuscado en la basura para comer. Que ha ido al colegio “apestando a orina”. “Toda nuestra vida ha estado dedicada a ocultar, a no compartir el secreto. Porque te da miedo ser juzgado. Te da miedo la vergüenza”, contaba al New Yorker. Por si fuera poco, eran la única familia negra en el barrio y los niños la atacaban por ello; y en casa no eran pocas las veces que su padre se emborrachaba y pegaba a su madre. Como tantos otros actores -y sin ánimo de minimizar sus problemas; con más motivos que cualquiera-, su manera de escapar de la realidad era actuando. Con sus hermanas, jugaba a imaginar un mundo en el que eran millonarias blancas, con sus joyas, mansiones y chihuahuas.
Si en la niñez sus circunstancias le dificultaron ser buena estudiante, las cosas cambiaron tras apuntarse a teatro. Ganó una beca de estudios completa para estudiar en la universidad y después fue de las pocas seleccionadas para entrar en la prestigiosa escuela de arte Juilliard. Tres años después, la nominaban a un Tony. Le surgían los papeles en televisión y en teatro.
Cuando se convirtió en la primera afroamericana que ganaba un Emmy como mejor actriz dramática denunció que no pueden ganarse premios “con papeles que sencillamente no están ahí”. Ahora puede no callar, porque ya sabe lo que vale. Y ha decidido hacerlo porque no quiere que la metan en ese saco de arrinconados del que ella se lleva la palma como mujer, negra y mayor de 50. Expresar es su don y también su deber, “la responsabilidad desconocida de la fama”, lo llama ella.
Con solo 12 minutos en La duda la nominaron por primera vez al Oscar (y se hizo, de paso, amiga de Meryl Streep). Lo ha ganado con Fences, adaptación de la aclamada obra de teatro que representó con Denzel Washington en Broadway.
Antes también era conocida por el filme Criadas y Señoras, con el que ganó su segunda nominación. Sin embargo, el papel con el que dice que se ha sentido por primera vez actriz (por su complejidad) es el de Annalise Keating en Cómo defender a un asesino (está emitiéndose la 3ª temporada).
En lo personal, está casada con Julius Tennon, también actor, y tienen una hija, Genesis. Juntos han creado la JuVee, una productora independiente con la que pretende también dar más -y otro tipo de- papeles a personas negras.
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