Revista Mía

¿Cómo será salir de pintxos en la era post-COVID?

Mamparas, aforos… el turismo gastro en el País Vasco afronta un complicado desafío.

La crisis provocada por la pandemia del COVID-19 es mucho más que sanitaria. Ahora que se afronta el periodo de desescalada es posible ver cierta luz, pero la losa de la incertidumbre te mantiene inmóvil ante un momento en el que hemos dejado de estar seguros sobre cómo proceder. Es una crisis social, en la que se deberán asimilar las consecuencias del brusco cambio que hemos experimentado. Y, por supuesto, es una crisis económica. Cuando hay aún ciudades que no han avanzado a la fase 1 hay negocios que ya se han visto obligados a echar el cierre de manera definitiva. En este sentido, dos de los sectores más castigados por la situación actual son la hostelería y el turismo, que, por otra parte, son de los más relevantes en el desarrollo económico del país.
Especialmente preocupados se encuentran en el País Vasco, una región que no solo tiene un importante flujo de turismo sino que muchos de los visitantes que acoge llegan con un interés gastronómico. Aún por ver qué senda tomarán las vacaciones los próximos meses, los espacios de restauración siguen entregados al delivery los hoteles se mantienen cerrados ya que de momento no está permitida la movilidad entre Comunidades. Y cuando abran… ¿cómo se verá afectado el turismo gastronómico? Porque una cosa esta clara, salir de pintxos no será como todos recordamos.
Esa cultura en la que uno se acerca a la barra, habitualmente repleta de gente, pide un zurito y coge de la encimera un par de pintxos para acompañarlo es puro ADN vasco. Y es a la vez lo que buscan descubrir muchos de los turistas que viajan cada año a cualquiera de sus ciudades. ¿Cómo adaptarlo? Ese es el gran reto. De momento, y por sentido común, no estará permitido el contacto por lo que tendrán que estar protegidos tras una vitrina.
Desde la cristalería Adarra, en Hernani, comprobamos que ya se han puesto en marcha para venderlas; y lo hacen a precios asequibles, con el fin de que sus ‘vecinos’ hosteleros no tengan que afrontar una gran inversión en la reapertura. Muchos fabricantes están abusando del momento, engordando precios y proponiendo soluciones que está por ver que se permitan en barras en las que circula comida. Nos cuentan que el cristal es higiénico porque es sencillo de limpiar y admite cualquier producto por muy abrasivo que sea, frente al metacrilato, por ejemplo, que acaba por quedarse opaco con la desinfección.
Además de no poder coger libremente los pintxos, otra de las realidades que se barajan es la de fomentar los bocados más gastronómicos, que suelen listarse en las pizarras y se preparan al momento. La ida y venida de los clientes aún no se sabe cómo se va a gestionar dentro de los locales, que abrirán con un aforo limitado y asegurando la distancia de seguridad interpersonal. Los que tienen terraza, quizá puedan reinventarse más fácilmente. Los que no, que son la gran mayoría de los bares que se encuentran en los cascos antiguos, tendrán que afrontar, posiblemente, el desafío más importante de su historia. Lo que sí es una realidad, es que la crisis por el coronavirus ha conseguido lo que no consiguió aquella normativa municipal de San Sebastián de 2003, que exigía cubrir los pintxos con vitrinas y que nunca se llevó a término por la gran polémica y movilización que promovió el sector. Ahora, no es descabellado pensar que la manera de entender las barras de pintxos no volverá a ser nunca igual. Pero quizá mejor. ¿Quién sabe?
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