Revista Mía
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Shirley Temple y sus "rizos de oro"

Fue la primera ‘niña prodigio’ del cine. A los 6 años recibió un Oscar honorífico y sus números de claqué se hicieron muy famosos.

Fue la primera ‘niña prodigio’ del cine. A los 6 años recibió un Oscar honorífico. Famosa por sus números de claqué, era pareja del bailarín negro Bill Bojangles Robinson, las escenas en que se daban las manos fueron suprimidas en varias ciudades del Sur de Estados Unidos.
Oh my goodness! (¡Dios santo!), exclamaba, y sonaba a pompa de jabón, a que todo mejoraba con unos pasos de claqué. Tanto era así que el mismísimo presidente de Estados Unidos, Franklin D. Roosevelt, proclamó: “Mientras nuestro país cuente con Shirley Temple, vamos a estar bien”. Y eran los años de la Gran Depresión; los opresivos treinta, que estremecen a cualquiera en las imágenes de Walker Evans y Dorothea Lange.
Era el poder mágico de una niña de piernas regordetas, rizos perfectos y unos mofletes a prueba de besos; la imagen con la que el país entero quería y necesitaba identificarse. Se demandaban películas dulces y luminosas y ahí estaba ella, con sus tiernos mohínes. “Esa niña me asusta: conoce todos los trucos de la actuación”, dijo Adolphe Menjou, un actor de la época. Y, sí, un poquito de miedo debía de dar.
Hija de un empleado bancario y de una costurera que quiso ser actriz, fue descubierta a los 3 años en una escuela de danza. Antes de cursar Primaria, a los 6 años, recibió un Oscar en miniatura, honorífico. “Muchas gracias. Mamá, ¿podemos irnos ya a casa?”, dijo en la ceremonia. Llovieron los aplausos y las sonrisas. Y así fue hasta la adolescencia. “Era la niña de 14 años más vieja del mundo”, declaró una vez.
Nacida en Santa Mónica (California) en 1928, actuaba ya en cortometrajes a los 3 años. En 1934 obtuvo su primer papel protagonista en Bright eyes, que la consagró. Entre los 3 y los 5 años, Shirley, que además era una figura en la radio con éxitos como On the good ship lollipop, rodó más de 25 cortometrajes en condiciones definidas a veces de esclavitud infantil (sus padres firmaron un contrato que establecía que debía filmar 4 películas al año). Sin embargo, esa no era su impresión. “Fui quizá una de las niñas más felices del mundo”, declaró al respecto. A eso seguro que ayudó el señor Don Dinero (¡ay, ¿cómo no decir que sus ricitos de oro, más que a la camomila intea que su madre le aplicaba fervorosamente, se debían a que en 1938 -a los 7 años-  ganó más dinero que el presidente de General Motors y que fue capaz de desplazar al gran Clark Gable como la estrella más taquillera del país?).
Y, claro, esa maquinaria de fabricar dólares no debía cesar: Shirley no podía crecer. Los estudios Fox falsificaron su certificado de nacimiento para mantenerla en un eterno almíbar infantil, pero no sirvió de nada. Quiso hacer El mago de Oz, pero la Fox no se lo permitió. Comenzaba el brillo claroscuro de una Judy Garland seis años mayor que ella y de ese Mickey Rooney que no había roto un plato. A los 21, era ya una vieja gloria. Su nombre pasó a ser el de un cóctel. Por supuesto, dulce. Sin una gota de alcohol.
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