Revista Mía

Julia Roberts, mucho más que la novia de América

“Asumo todo lo que he hecho, dicho y decidido. Participar es mi filosofía personal. Acepto las cosas buenas igual que las malas”.

“Asumo todo lo que he hecho, dicho y decidido. Participar es mi filosofía personal. Acepto las cosas buenas igual que las malas”.
Es un gustazo. Escribir sobre alguien que no se ha quedado en su personaje. Un inmenso placer que nos reconcilia con la normalidad.
Porque esta ‘chica de Georgia’, como le gusta presentarse, ha superado el shock de ser la novia de América, la pretty woman a la que medio mundo ansiaba rescatar y a la que nosotras -viene confesión- imitamos embadurnándonos el pelo con mayonesa en un deseo extremo de tener su hermosa cabellera tan a lo Afrodita de Botticelli.
Y -seguimos- nos encanta que se haya declarado “feliz sin avergonzarme de ello”, que de esa época frenética en la que era la actriz del momento sólo lamente que dejó de leer tanto como solía (“estoy recuperando lo perdido”, apostilla), porque no es frecuente, porque suena muy normal, como cuando dice que hace ejercicio pero sin obsesionarse, “porque no quiero cambiar mi vida, sino mi trasero”.

Una chica de Georgia

Julia Fiona Roberts nació en Smyrna (Georgia), en 1967, donde vivía su madre, Betty Lou Bredemus, a la que estaba muy unida.
'Dependo del afecto de los míos, es fundamental en mi vida', dice. Su padre, Walter Grady Roberts, murió al poco tiempo, cuando ella apenas tenía diez años.
Antes de que Julia naciera y de divorciarse en 1972, sus padres tuvieron un taller de interpretación, con lo que en casa debía de respirarse algo de amor por el cine y el teatro, pero Julia quería ser veterinaria, e iba tan bien encaminada que acabó estudiado periodismo en la universidad.

Así fue su carrera

En 1987 se trasladó a Nueva York con su hermana Lisa, y consiguió su primer papel en Firehouse, pero ni siquiera salía en los títulos de crédito.
No conseguía más papeles, pero su hermano Eric intercedió para que apareciese en Blood red, una película sin pena ni gloria que dirigió él mismo, y ahí comenzó, sin embargo, a cambiar su suerte.
Porque ese mismo año, 1988, intervino en Satisfaction (“soy la misma chica que tocó el tambor en Satisfaction y dijo dos frases”, confesaba cuando ya era una actriz reconocida) y Myster Pizza, y el camino en el cine comenzó a despejarse: al año siguiente tuvo su primer gran papel con Magnolias de acero, en la que compartía pantalla con actrices como Shirley MacLaine.
Le supuso su primer Globo de Oro (tiene dos más) y su primera candidatura al Oscar. El segundo Globo de Oro se lo entregó, precisamente, Vivian Ward, la entrañable cenicienta-prostituta a la que dio vida en Pretty Woman, un ‘éxito planetario’ que no solamente cosechó 460 millones de dólares en todo el mundo, sino que además relanzó la genial canción de Roy Orbison (los médicos deberían prescribirla para levantar el ánimo).
Y si Vivian le dio el Globo de Oro, Erin Brockcovich (una de nuestras heroínas de carne y hueso) le entregó el Oscar: más de uno habrá aprendido que, tras una minifalda, puede haber grandes dosis de inteligencia y resistencia.
Toda una madre, como a Julia le gusta definirse ahora (“alguien que comparte el amor y las risas con sus niños”, alguien que tiene “la misma pasión y hambre por su trabajo que al principio”). Lo dicho: muy normal.
- Por: Carmen Sabalete.
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