Revista Mía

Nadia Comaneche, la gimnasta perfecta

La mejor deportista del siglo XX. Una niña rumana a la que un entrenador descubrió en el patio del colegio haciendo piruetas.

La mejor deportista del siglo XX. Una niña rumana a la que un entrenador descubrió en el patio del colegio haciendo piruetas y que a los 14 años ya era campeona olímpica. Fue la primera gimnasta de la historia en lograr la puntuación máxima: 10.
No hay una única Nadia: hay una Nadia gimnasta considerada la mejor deportista del siglo XX. Una Nadia símbolo comunista, y luego prófuga de ese mismo régimen. Una Nadia hundida, víctima de abusos y dolor. Y una Nadia ‘sueño americano’. La Nadia gimnasta se dio a conocer con 14 años, en Montreal, enfundada en un trajecito blanco, con una coleta que la aniñaba aún más. De pronto, voló en las barras asimétricas.
Saltaba hasta alturas impensables en los ejercicios de suelo. Se movía con una gracia insólita en la barra fija. No se había visto nunca un fenómeno de aquella naturaleza. Nadie como Nadia, se dijo entonces. Menuda, delgada, seria, la niña consiguió siete dieces y cinco oros olímpicos. Aquel prodigio había sido descubierto a los seis años, y puesto bajo la custodia de Bela Karoly, cuya fama como entrenador excepcional le precedía; un entrenamiento de doce horas diarias, con una presión constante, la convirtió en ‘la niña del diez’.
Nadia se erigió en ídolo mundial: sus posters se vendieron tanto como el de Farrah Fawcett en traje de baño; el Gobierno de Ceaucescu se apropió de ella. Se le tributaron honores de heroína nacional y, al mismo tiempo, se la retuvo dentro de las fronteras rumanas. Su estrella se opacó.
Su rendimiento bajó cuando la apartaron, por órdenes gubernamentales, de Bela Karoly. Más tarde le permitieron entrenar de nuevo con él, pero no logró los éxitos anteriores. Cuando, en 1981, Karoly y su mujer desertaron, a Nadia se la sometió a una estrecha vigilancia. Se dice que Ceaucescu, obsesionado con ella, la presionó para obtener favores sexuales. Los mismos rumores turbios afloraron en su relación con Constantin Panait, que en 1989 la ayudó a escapar de Rumanía, en una huida épica a través de la nieve hasta Austria. Para entonces, Nadia estaba sumida en la pobreza y el olvido. A partir de ese momento, Nadia se instaló en Estados Unidos. Casada con otro atleta, Bart Conner, y madre de un niño, se ha mantenido activa como entrenadora y comentarista, ha sido modelo, empresaria, y dedica gran parte de su tiempo a causas humanitarias.
Su autobiografía no ha acabado con otros libros no autorizados sobre su vida. Cuando se le pregunta cómo se sintió en su etapa de gloria, ofrece una lección de humildad: “La perfección no es un estado permanente, sino algo vivo, un esfuerzo por hacerlo aún mejor”.
tracking