Revista Mía

Helena Rubinstein, la inventora de la cosmética

Helena Rubinstein fue una mente inquieta (1870 / 1965). La mayor de ocho hermanos, que pasó de no tener nada a ser una de las mujeres más ricas del mundo.

Helena Rubinstein fue una mente inquieta (1870 / 1965). La mayor de ocho hermanos, que pasó de no tener nada a ser una de las mujeres más ricas del mundo.
Empezó con sus propios ungüentos y terminó creando una de las mayores compañías de cosméticos.Todas las mujeres contemporáneas le debemos mucho a Helena Rubinstein: dotada de un talento asombroso y una voluntad de hierro, ella descubrió o inventó cosas que ahora nos resultan tan habituales como la clasificación de las pieles en secas, grasas y mixtas, la idea de la hidratación, la relación entre alimentación y calidad de la piel, el rímel o los institutos de belleza.
Nacida en 1870 en Cracovia (Polonia), en una familia judía de comerciantes, nada hacía presagiar su futuro como una de las mujeres más ricas e importantes del mundo occidental. A los veintiún años, huyendo de un matrimonio concertado por sus padres, llegó a Australia para refugiarse en casa de un tío. Allí trabajó varios años como criada y enseguida empezó a fijarse en las pieles deterioradas por el sol de las mujeres australianas. En su equipaje, Rubinstein llevaba una pomada de un amigo químico hecha a base de hierbas, cortezas y almendras.
Tras comprobar que aquel ungüento mejoraba el aspecto de sus amigas, empezó a investigar ella misma con productos naturales en la cocina de la casa en la que vivía. Sus cremas caseras comenzaron a circular con éxito y, en 1902, abrió su primera tienda en Melbourne.
Tras observar que había tres tipos de pieles diferentes y preparar cremas, lociones y jabones para cada una de ellas, Rubinstein decidió además incorporar a su tienda una cabina donde las mujeres podían pasar un rato de relax dejándose masajear y tratar la piel.
Toda una innovación, que tuvo tan buena acogida que en 1908 se decidió a montar en Londres un nuevo salón de belleza. Curiosa y perfeccionista, Rubinstein logró incorporar a sus investigaciones a médicos y científicos, y enseguida encontró sus mejores clientas entre la alta sociedad y las grandes artistas. Pronto llegaron sus nuevos salones y tiendas en París y Estados Unidos.
Su buen hacer, su ambición y su instinto para la publicidad terminaron por convertirla en una mujer riquísima, que invirtió su dinero en ampliar una y otra vez su negocio -maquillajes, perfumes, cremas para el cuerpo, etc.-, permitiendo a sus clientas disponer por primera vez en la historia de programas integrales de belleza. Cuando falleció, en 1965, a los noventa y cuatro años, legó a sus dos hijos, nacidos de su primer matrimonio con un periodista, una enorme fortuna y un imperio cosmético que incluía quince fábricas y treinta mil empleados en un buen puñado de países.
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