Camilla Parker Bowles, la otra

Hija de un oficial del ejército británico y nieta de un barón. Repasamos la vida de la segunda esposa del Príncipe de Gales.

Hija de un oficial del ejército británico y nieta de un barón. En 1973 se casó con el mayor Andrew Parker Bowles. En 1995 se divorció de él. Se convirtió en la segunda esposa del Príncipe de Gales en 2005, después de ser su amante durante 30 años.

 

Resulta difícil aceptar que el marido nos traicione con otra mujer, que reconozca que ha sido siempre el gran amor de su vida y que esa otra sea, además, algo mayor y mucho más fea que nosotras. No hay palabras para describir esa decepción, la brusca caída de la autoestima, el torrente neurótico de preguntas que indagan en qué le habrá visto, por qué ella, por qué no somos nosotras suficientes...

 

Cuando la relación entre el príncipe Carlos de Inglaterra y Camilla pasó de unos apasionados mensajes secretos (en los que ella era Gladys y él, Fred) al escrutinio de los periódicos, muchas compartimos la estupefacción y la incredulidad que debió de sentir Diana de Gales. ¿Era de verdad aquella señora basta, arrugada y con el cabello sobre los ojos la rival que compartía confidencias y cama con su marido? ¿Nada de modelos voluptuosas, de exquisitas bailarinas, de baronesas refinadas y lánguidas? Nada de eso. A cambio, una mujer corriente, divertida, inteligente, con una personalidad lo suficientemente poderosa como para aceptar ser la amante escondida durante treinta años, como su bisabuela lo fue del tatarabuelo de Carlos.

Camilla es todo eso de lo que se supone que los hombres no se enamoran. Como amante, entra en la categoría de aquellas con las que no se casan. Y, lejos de ser castigada por la vida, logró con el tiempo todo aquello que de joven no había conseguido por su bajo rango, por ser católica, por haber mantenido ya escarceos con algunos hombres.

 

Duquesa de Cornualles, esposa del príncipe de Gales (no usa el título de princesa por respeto a Diana, o quizás por miedo a que el pueblo inglés la linche)... Sus amigos la describían como una mujer muy guapa y con un gran sentido del humor. Sin duda lo era. La clandestinidad de sus relaciones, el engaño que subyacía en la boda con Diana desde el principio, oscurece la simpatía que podría sentirse por ella, o por su historia de amor.

 

Nadie niega que se quisieran con locura. Sólo se echa de menos un poco más de valor por parte de alguno de ellos para defender ese amor cuando las condiciones fueron adversas. Hubieran ahorrado dolor a muchas personas. Cada cierto tiempo salta a la prensa el rumor de crisis en la pareja, o incluso de divorcio. Nada gustaría más a los nostálgicos de Diana que eso fuera cierto. Sería la confirmación de que la vida ha vuelto a ser justa, y de que ‘las otras’, guapas o feas, no se van de rositas.

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