Carolina Coronado, una poeta olvidada

Fue una escritora romántica coetánea de Rosalía de Castro, más reconocida fuera de España.

Fue una escritora romántica coetánea de Rosalía de Castro, más reconocida fuera de España.

 

Cobijaba a políticos liberales caídos en desgracia...Castelar dijo que le debía la vida.

 

En Almendralejo, su ciudad de nacimiento, aún la adoran, como la adoraban Espronceda o todas las poetas extremeñas, para quienes la niña Coronado era un ejemplo y una protectora. De pequeña recibió una instrucción exquisita (en casa, por supuesto). De joven, enfermiza, acabó mudándose a Madrid para tratarse de los nervios.

 

Carolina vivió su propia muerte: en el año 44 se retiró una temporada a una finca en el campo, y los periódicos publicaron que había muerto. Sus amigos le dedicaron necrológicas y composiciones fúnebres. La alegría (y la vergüenza de algunos, suponemos) fue inmensa cuando Carolina viajó a Madrid para desmentir en persona su fallecimiento; se celebró una velada poética en su honor, al final de la cual se le ciñó una corona de laurel. A raíz de ello, escribió Dos muertes en una vida.

 

Esta mujer extraña, escritora y dama del siglo, madre y poeta, se casó por amor con Justo Horatio Perry, un diplomático norteamericano. Él se mostró orgulloso de ella y la apoyó siempre, como si la joven extremeña fuera la mejor tarjeta de presentación del país. Cuando no viajaban, el salón de Carolina, en la calle Lagasca de Madrid, hervía con propuestas estéticas y cobijaba a políticos liberales caídos en desgracia a partir del año 1866. Castelar aseguró que le debía la vida. En sus cartas más políticas movía hilos, suplicaba indulgencia e intercedía por los condenados a muerte, o por los que habían perdido fortuna y nombre.

Carolina resultaba inolvidable, viva, apasionada, con una elocuencia y una intensidad poco frecuentes entre las damas de la época, pálidas, abotargadas, limitadas. Escribía a Lincoln cuando su marido era injustamente calumniado, denunciaba los abusos de los senadores sudistas que intentaban provocar una guerra por Cuba y alzaba la voz contra la esclavitud.

 

Como escritora, tardó en encontrar su discurso: no le convencían las obras eruditas, no se sentía a gusto en el papel de poeta iluminada. Cuando escribió Paquita, fue leída con desprecio, el intento serio de una poeta prodigio.Carolina sobrevivió a su primera muerte; la segunda le llegaría en 1911, cerca de Lisboa. Incluso a esa ausencia ha vencido: las primeras feministas españolas la adoptaron como abanderada, los extremeños han convocado premios en su honor, los investigadores españoles y estadounidenses reivindican su figura y su inteligencia. No era fácil olvidarse de Carolina, y esa fascinación continúa un siglo tras su muerte.

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