Corín Tellado, la reina de la novela rosa

Corín Tellado, escritora del amor y el romance. Ha publicado 4.000 títulos y vendido más de 400 millones de ejemplares de sus novelas.

Corín Tellado, escritora del amor y el romance. Ha publicado 4.000 títulos y vendido más de 400 millones de ejemplares de sus novelas (algunas traducidas a 27 idiomas), el primer libro lo publicó a los 19 años.

 

Antes de morir, en 2009, las últimas entrevistas que concedió Corín Tellado eran las de una mujer que miraba con descarnado interés el mundo y que se analizaba sin un ápice de autocomplacencia. Si hace unos años resultaban chocantes, las palabras que le escucharían en su entorno, en la década de los sesenta debían de levantar ampollas y críticas.

 

La reina de la novela de romance, amor y fantasía, la autora más vendida y leída en lengua española no se hizo nunca ilusiones ni sobre la vida ni sobre el matrimonio. No olvidó nunca que vivía en una ciudad de provincias, Gijón, en la que el qué dirán era más importante que quién era. Y fue coherente con sus elecciones vitales, casi hasta la crueldad consigo misma. El éxito le llegó pronto: la felicidad, tarde.

 

Se casó mayor para la época, a los treinta y tres años, y por poco tiempo. Ella reconocía que no lo debía haber hecho, pero que actuó por despecho y en un arrebato. Estaba cansada de pagarles la boda a los miembros de su familia: no pudo casarse con el hombre que quería, porque no hubiera tolerado que escribiera. Tres años después, harta de vivir con alguien a quien ni amaba ni respetaba, se separó. Sus dos hijos fueron los únicos hombres a los que toleró de ese momento en adelante.

Su fantasía y su capacidad para narrar parecían irreales: hasta su muerte, escribía o dictaba diez páginas cada día, sin mezclar ni una vez, ni repetir personajes ni argumentos. Había sido una lectora voraz, y lo fue siempre. Leía a los clásicos y las últimas novedades. Frente a la vanidad y el secretismo de algunos escritores, ella era clara: escribía sin esfuerzo y por placer, nunca ocultó sus problemas con la editorial que la publicó durante décadas, ni se creyó lo que no era.

 

Conocía perfectamente a sus lectoras y les dio lo que querían; sus protagonistas caminaban siempre un paso por delante de la sociedad española, y sus historias siempre acababan bien. Vargas Llosa o Cabrera Infante declararon su admiración por ella, y en sus últimos años gozó de un reconocimiento que se le había negado antes. Las conferencias que impartió no podían ser más divertidas (con ese poso de amargura que era propio en ella), ni más útiles para los aspirantes a escritores. Siempre le había bastado con su imaginación y con su trabajo. Atada a la diálisis tres días por semana, se arrepentía de no haber vivido más, salido más. Se hubiera comido el mundo.

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