Entrevista a Mario Vargas Llosa

 

Está mayor, pero tan atractivo como siempre. Su arma de seducción principal sigue siendo la labia: ante tan eruditas opiniones, a una sólo le queda escuchar con cara de embobamiento. El autor de títulos como La ciudad y los perros, La casa verde o La Fiesta del Chivo cuenta entre sus innumerables galardones con el Premio Biblioteca Breve (1963), el Rómulo Gallegos (1967), el Príncipe de Asturias de las Letras (1986), el Planeta (1993), el Cervantes (1994) y, por supuesto, el Nobel de Literatura (2010), pero sigue emocionándose “como cuando era un chiquillo” al hablar de su obra, y no existe persona más agradecida cuando se alaba su escritura.

Es peruano, pero ha residido en Europa (entre España, Gran Bretaña, Suiza y Francia) la mayor parte del tiempo desde 1958, cuando inició su carrera literaria. Desde 1993, Vargas Llosa cuenta también con la nacionalidad española.

Defensor de las ideas liberales, fue candidato a la presidencia del Perú en las elecciones de 1990 por la coalición de centroderecha Frente Democrático (Fredemo).

 

A estas alturas, ¿todavía dudas de tu talento?
Todos los escritores caemos en el desánimo y sentimos que lo que hemos escrito no vale nada y se lo va a llevar el viento.

¿Qué opinas de que cuatro siglos después  se busquen los huesos de Cervantes?
Me gustaría que se encontraran sus huesos en el convento madrileño donde los están buscando, pero el mejor homenaje que se le puede hacer a Cervantes, como a cualquier escritor, es leer su obra. Hay que leer El Quijote, y no sólo porque es un gran clásico, sino porque es una obra absolutamente actual. La vida de Cervantes fue inmensamente desgraciada. Vivió la injusticia, lo que él creía el fracaso en su vida familiar, militar e intelectual –estuvo cinco años prisionero en el norte de África–. Sufrió mucho, pero no hay una pizca de rencor en lo que escribió. El Quijote es un libro de profunda generosidad respecto al ser humano y a la vida.

 

¿Sigues creyendo que la vida vale la pena?
Por supuesto. Sólo hay que fijarse en este escritor, que tuvo una vida injusta pero siempre habló de ella con optimismo. Eso es lo que hace la literatura, el arte en general: dice que, a pesar de todo, la vida es una aventura maravillosa y hay que entenderla y vivirla.

 

¿Te ha hecho ilusión ver tu obra El loco de los balcones con José Sacristán?
Estoy enormemente agradecido de que se haya resucitado mi teatro, ya que esta es la tercera obra mía que se estrena recientemente, tras La Chunga y Kathie y el hipopótamo. Hace mucho tiempo que pensé en Pepe Sacristán como protagonista de El loco de los balcones  y ahora, afortunadamente, ese sueño se ha materializado. Le admiro mucho y es un amigo al que quiero y con el que tuve la suerte de trabajar, en 1975, en la primera versión fílmica que se hizo de mi novela Pantaleón y las visitadoras. Juntos hicimos en la República Dominicana esa película, ¡tan llena de anécdotas que daría para escribir otro libro!

 

¿Ves a alguien en la actualidad que sea tan idealista como el personaje que retrata esta obra?
Afortunadamente, sí. No hace mucho ha muerto Mandela, un caso espectacular: de joven creyó que la violencia podría resolver los problemas de su país, fue a la cárcel, donde se pasó veintitantos años, y en ese celda diminuta que yo visité se llegó a convencer de lo contrario. Que sólo a través de la paz, el diálogo y la coexistencia se podía liberar a su pueblo. Y lo consiguió poco a poco y contagió esa tranformación a su propia gente. Como Mandela, hay mucha gente que lucha por su prójimo, y gracias a esos “justos”, como los llamaba Albert Camus, el mundo no está tan irremediablemente perdido desde el punto de vista económico, político y cultural como muchos creen.

 

La primera obra de teatro que escribiste, La señorita de Tacna, iba a ser una novela, según tengo entendido...
Sí. Al principio quise escribir una novela, pero no había manera de que me saliese ni una palabra y, de repente, vi clarísimo que esa historia era para una obra de teatro. Quería escribir sobre una tía abuela a la que quise mucho de niño, que vivió hasta los ciento y pico de años y a la que llamábamos “Mamá E”, porque se llamaba Elvira. Era prima hermana de mi abuela y tenía un pasado muy misterioso, que intrigaba a toda la familia. Ella y mi abuela habían vivido en Tacna, al norte del Perú, en la época en que la ciudad estaba ocupada por el ejército chileno, en la guerra del Pacífico. Ella fue novia de un militar chileno, pero pocos días antes de la boda, cuando las invitaciones ya estaban repartidas, quemó su vestido de novia y decidió no casarse nunca. En su vida de solterona, se sacrificó mucho por los niños de mi familia, incluido yo, pero en la ancianidad se le fue la cabeza y expresaba un odio atroz por los niños a los que había cuidado toda su vida.

 

¿Tus hijos Álvaro, Gonzalo y Morgana la llegaron a conocer?
Sí, pero la temían. Recuerdo entrar con mis hijos cuando eran chiquitos  y levantar ella los puños, furiosa, gritando: “¡Viva Herodes, viva Herodes!”.

 

¿Vas a volver a subir a un escenario como actor, como ya has hecho?
Sí. He escrito una obra de teatro que está vagamente inspirada en los cuentos de Boccaccio, que se llama Los cuentos de la peste, y a pesar de la oposición de toda mi familia, que está absolutamente convencida de que sobre un escenario soy una calamidad, me gustaría interpretar uno de los papeles de esa obra. El director, Joan Ollé, me va a poner a prueba y, como es honesto, si soy un actor tan malo como cree mi familia, me lo dirá. Si hay alguna esperanza de que pase la prueba, actuaré.

 

¿Optimista con la salida de la crisis?
Ya la estamos dejando atrás. Creo sinceramente que habrá una recuperación más rápida de la que pronostican los economistas; eso sí, arrimando el hombro y manteniendo el optimismo.

 

Te dueles de que muchos jóvenes sientan desapego por la política. ¿No te parece lógico con los casos de corrupción que se ven cada día?
Es verdad que hay corrupción, falta de transparencia, y eso lleva a los jóvenes a volcarse en la indiferencia y el desprecio por lo político; pero esa actitud cínica a la que llegan tan pronto es peligrosa para el futuro de la democracia, de la libertad, de todo lo que nos ha sacado de la barbarie.

 

Pero los jóvenes tienen menos prejuicios para relacionarse hoy en día...
Son más conscientes de la igualdad entre hombre y mujer de lo que éramos nosotros. El sexo los hace más libres, aunque esa libertad les hace perder más rápido esa inocencia que poco a poco fomentaba el amor y lo enriquecía.

 

Te has casado en dos ocasiones, pero ¿recuerdas tu primer amor?
Era muy chiquito y me enamoré de una trapecista de circo. En Cochabamba los circos venían para el 6 de agosto, día de Bolivia. Mi primer beso fue el de Teresita; ¡por eso le puse ese nombre a la protagonista de mi primera novela! [La ciudad y los perros].

Por Maribel Escalona

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