Farah Diba, la última emperatriz de Persia

Farah Diba, fue la emperatriz del infortunio. Hija de un importante militar del imperio persa.

Farah Diba, fue la emperatriz del infortunio. Hija de un importante militar del imperio persa. Última emperatriz de Irán al casarse con el emperador Mohammad Reza Pahlevi en 1959.

 

Es una sabia decisión el que los cuentos de hadas finalicen en la boda con el príncipe: pocas princesas han escapado del dolor y de la tragedia, las mismas, o peores, que acechan también en las vidas vulgares.

 

A Farah Diba, la última emperatriz de Persia, su destino no le ha ahorrado desgracias. Fue la tercera esposa del Sha, y logró ensombrecer a las dos anteriores, dos mujeres bellísimas. Fawzia de Egipto y Soraya la de los tristes ojos fueron rápidamente olvidadas ante la presencia deslumbrante de la joven Farah; cuando esta estudiante de arquitectura, moderna y veloz, dio a luz al primer y ansiado varón, y cuando formó luego parte activa de los intentos de modernización del Sha, su popularidad la convirtió en una de las más amadas mujeres del momento. Aquello duraría poco. Tras la revolución, los emperadores iniciaron un peregrinaje por distintos países, que aún no ha finalizado: y comenzó la pesadilla.

 

Primero murió el Sha, que no sobrevivió un año a su derrocamiento. Después, tras años de luchar contra la anorexia, murió su hija pequeña, la princesa Leila. Las circunstancias apuntaban a un suicidio. En realidad, Leila había decidido dejar de vivir cuando murió su padre.

Sus problemas mentales la incapacitaron para el trabajo: anclada en un pasado idealizado, no pudo afrontar la realidad. Diez años más tarde, el hijo menor de Farah, Ali Reza, también se suicidó. Como Leila, arrastraba un historial complicado: depresión. Sensibles, solitarios, nostálgicos, sobreprotegidos, los dos príncipes hubieran encontrado dificultades para sobrevivir en su entorno. Desaparecido éste, no les cabía continuar.

 

Farah Diba, dedicada al cuidado de sus nietas en Estados Unidos, parece haber pactado con el diablo. Esbelta y hermosa, dice deber su piel a los cuidados con caviar y a los masajes diarios. Fuma casi sin tregua, y asegura no comprender qué giro ha provocado que las libertades de las mujeres iraníes de su generación se hayan disuelto en la nada. Ha sido capaz de reflexionar sobre la pérdida material y la emocional, y escribió sus memorias antes de que el mundo que conoció se desvanezca o carezca de sentido.

 

Hubiera sido, a diferencia de otras reinas en imperios decadentes, una magnífica emperatriz del país de Ciro el Grande, de los leones alados, de la cuna de la civilización. No le cupo esa suerte. Fin del cuento de hadas.

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