Lola Flores, la folclórica irrepetible

Fue un torbellino del arte (1923 / 1995), y es considerada la folclórica más grande de España, “la Faraona”.

Fue un torbellino del arte (1923 / 1995), se la considera la folclórica más grande de España, “la Faraona”. Hechizaba a todo el mundo con su fuerza, su carisma y su particular manera de cantar y bailar. Se puso el mundo por montera en una época en la que una mujer (más aún con sangre gitana) no podía ser cabeza de familia.

 

"Ni sabe bailar ni sabe cantar, pero no se la pierdan”. De esa manera recibió el New York Times a la artista española en 1953; resulta fácil de imaginar la estupefacción de un cronista de espectáculos estadounidense ante un torbellino de gestos, voz y energía al que los españoles y los latinoamericanos ya se habían acostumbrado. ¿Cómo clasificarla? Lola Flores, gitana vocacional (“La gitana era mi madre, y no del todo, sino hija de gitano, vendedor de aceite por más señas. Pero me da lo mismo. Me siento gitana de la raíz del pelo a la uña del pie”, dijo), encarnaba unas cualidades raciales que desbordaban el escenario y sobrevivían más allá de las modas.

 

Supiera o no cantar y bailar, las profesoras con las que estudió insistieron en que no podían enseñarle nada: a los trece años había sido ya reconocida como una promesa, y su estilo afloraba completamente único, formado con una precocidad poco habitual. Le daba igual el formato: se comía la cámara, arrasaba en directo, presentaba o actuaba con el mismo desparpajo y con la misma naturalidad.

No se la vio nunca apática o grisácea. Ante Lola sólo podía uno rendirse u odiarla. La intensidad de su carácter oscureció a todos los artistas que se le aproximaron, incluso a los de su propia familia, que han sido y son muchos: su hermana, su marido, sus hijos, sus nietas... No ha tenido herederas: no puede enseñarse lo que Lola hacía, y sus imitaciones sólo ridiculizan a quienes las intentan. Fue guapa, pero eso no importaba, la atención de todos estaba fija en unos ojos llameantes y en sus movimientos.

 

Modificó los trajes de faralaes, y los combinó con todo: desde las ondas algo amaneradas de los años 40 a los cardados de los 80. Pintaba, y tampoco lo hacía mal. Convivió décadas con un cáncer de mama al que no quiso dar la menor importancia en público y, en cambio, no tuvo pudor en llorar frente a todo ese público cuando fue claro que había estafado a Hacienda. Vivió los amores que creyó oportunos, sin pensar en qué época estaba, en si serían los adecuados o en el qué dirán; pero no buscó escándalos ni otra atención que la que mereciera su arte. Fue, en fin, un fuego que prendió de pronto, en 1923, y que dejó una estela que aún alienta, como hacen las cantantes que no cantan ni bailan como otras, pero que arrasan, conmueven y transforman.

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