Rania de Jordania, la princesa influyente

Rania de Jordania, hija de un médico palestino, casada con el rey Abdalá II de Jordania. Es famosa por su elegancia y por acaparar los focos.

Rania de Jordania, hija de un médico palestino, casada con el rey Abdalá II de Jordania. Es famosa por su elegancia, por crear tendencia y por acaparar los focos allí donde va.

 

Si una vestimenta marca el recuerdo de una mujer mucho tiempo después de que ella haya muerto, el que determinaría la memoria de Rania de Jordania en el espíritu popular sería el precioso conjunto de Givenchy que lució en la boda de los Príncipes de Asturias: una falda malva, recamada de encaje, con una blusa blanca.

 

No era un look original: unos años antes la inteligentísima Sharon Stone había combinado una camisa de su marido con una falda de Vera Wang. Sin embargo, Rania posee ese aire entre descuidado e indiferente de las pioneras, de las que hacen olvidar a otras mujeres quizás más bellas, más brillantes o incluso más famosas que antes de ella fueron.

 

Cuando Rania Al-Yassin, hija de médico, palestina de origen, se casó con el príncipe de Jordania, era una jovencita hermosa y bien educada, como muchas otras en similares circunstancias. Tras un noviazgo fulgurante, formó otra pareja de muchacha occidentalizada con príncipe más bajito, más conservador y mayor que ella. Tuvo cuatro hijos, ocupó el espacio que su abrumadora suegra, Noor, le cedía, y  aguardó hasta 1999 para ser proclamada reina, un título que nunca se da por supuesto en ciertas monarquías.

 

Con los años, la discreta Rania ha despertado más atención de la que se hubiera pensado: su belleza ha aumentado, sus gustos se han encarecido, y su papel en la política de su país se ha incrementado. 

Nada que aducir a la primera característica. Las otras dos han provocado críticas encendidas de propios y extraños, con esa dificultad recurrente para comprender que con un bolso Birkin a la muñeca también puede lucharse por la independencia femenina.

 

De manera periódica, el anuncio de su divorcio cobra fuerza. Al parecer, las voces críticas se apaciguan de momento con ello. Occidente la adora. No podría ser de otra manera con una reina que aún parece una princesa, que twitea con regularidad y que combina una imagen más recatada y conservadora, en los entornos que así lo requieren, con escotes de vértigo y tacones de infarto cuando se precisa.

 

Sea fingido o no su interés por las causas benéficas, lo cierto es que su nombre logra recaudar atención y fondos, y que a diferencia de otras cónyuges del mundo árabe, posee un nombre propio y una presencia independiente. Es cierto que la belleza se hace perdonar muchas cosas: pero no es menos cierto que logra otras tantas.

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