Todas las vidas de Pepa Flores

Hace un mes recibía la Medalla de Honor del Círculo de Escritores Cinematográficos, pero no la recogía.

Hace un mes recibía la Medalla de Honor del Círculo de Escritores Cinematográficos, pero no la recogía. La que fuera la niña prodigio más famosa decidió desaparecer a los ojos de España, y aún hoy, 30 años después, no ha roto su promesa.

 

Un rayo de luz

 

Hubo un día en que lo fue todo. Pepa Flores (4 de febrero de 1948) fue, primero, Marisol, la hija predilecta de España, un rayo de luz. La perfecta niña rubia (aún más de lo que era por naturaleza, porque le aclararon el pelo), pizpireta, recién traída de Málaga con toda su gracia intacta. "Yo no hubiera sido actriz ni nada. Lo que quería era ser bailarina", dijo en una ocasión; y en ello estaba cuando Manuel Goyanes la vio por primera vez en los Coros y Danzas de Málaga. Él iba en busca de una nueva estrella y a ella su situación económica no le permitía rechistar ante el honor de ser la elegida. El resto es de sobra conocido: Marisol empieza a vivir con la familia Goyanes como un miembro más, se hacen cromos, recortables, muñecas de Marisol, 12 películas. Las vendas en el pecho, los calcetines blancos y los lazos en las trenzas consiguieron congelar el devenir del tiempo el tiempo justo para que el productor comprendiera que la hija pródiga podía convertirse, si él quería, en la novia soñada.

 

Ni Marisol ni Pepa; su verdadero yo, Josefa

 

Su boda con Carlos Goyanes, a los 19 años, fue un acontecimiento nacional sin precedentes. El propio novio contó después que se casaron por rebeldía y no por obligación, y que rompieron, tres años después, porque Pepa, ya por fin desterrada la niña prodigio, se había enamorado de Serrat. Ansiada libertad.  

 

“Cuando vives en el mundo del espectáculo estás inmersa en un universo que no es cierto y, cuando ese mundo se desmorona, puedes llegar hasta el suicidio”, explicaría ya mucho después la propia Pepa, cuando ya solo era Josefa, una mujer sencilla en la última de sus vidas. Pero antes le dio tiempo a conocer a Antonio Gades (con quien se casaría en Cuba con el propio Fidel Castro como testigo), redirigir su carrera, afiliarse al Partido Comunista y presentarse ante el mundo desnuda, rebelde, en aquella mítica portada de Interviú en la que ya no era niña, novia ni esposa; acaso amante, pero sobre todo dueña de su propia vida. Y como tal decidió, después de la última película en la que aparecería (Caso cerrado, en 1985), que ya no quería ser nada más de España, que ya solo quería ser, para ella y para los suyos, lo que a ella le viniera en gana.

 

Después de décadas de férreo silencio, se ha convertido en la protagonista de una relación fantasmal con varias generaciones que creen saberlo todo de aquel drama que fue su vida y que no deja de ser una leyenda; pues su verdadera historia solo le pertenece a Josefa, esa malagueña ama de casa, madre de tres hijas, que a veces sale a cantar flamenco hasta las tantas, que es lo que a ella le gusta.

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