¿Por qué en España se toma tan mal café?

Analizamos las razones por las que es más difícil tomarse un buen café en nuestro país que conseguir mesa en un tres estrellas Michelin.

A cualquier apasionado del café le dolerá leer estas líneas, pero por mucho que me pese escribirlo (yo estoy en este grupo de adictos a esta bebida) es, en realidad, la constatación de un hecho: en España no se consume buen café (salvando honrosas excepciones). Es una bebida a la que no tenemos ningún cariño, aunque la bebamos por litros.

En muchas ocasiones ir a tomar un café y no acabar con un vaso cutre lleno de un brebaje negruzco, que resulta bastante complicado beberse sin tener que añadirle dos kilos de azúcar, es prácticamente misión imposible. Y es bastante sorprendente porque estamos hablando de la segunda bebida más consumida del mundo. Para que todo el mundo se ponga en situación: en España se consumen nada más y nada menos que 14.000 millones de tazas de café al año. Somos uno de los países más cafeteros del planeta y lo maltratamos sin dolor ninguno.

Esta bebida puede convertirse en tu peor enemiga, en función de dónde y cómo la tomes. Es bastante increíble que en un país donde cada persona toma de dos a cuatro cafés cada día, por término medio, se hagan las cosas tan mal.

En el lado opuesto, es bastante curioso ver cómo en otros lugares, como por ejemplo en Portugal o en Italia, disfrutas de grandes cafés en prácticamente cualquier esquina, da igual que sea la cafetería más elegante y reputada de la ciudad o que estemos hablando de un bar de un pueblecito de 20 habitantes.

¿Y por qué en España tomamos esos brebajes imposibles de beber?

Hace unos días mientras disfrutaba de una taza en Café Angélica, un lugar donde sí puedes tomarte un café de calidad, me puse a darle vueltas a esta cuestión.

Charlando con Fernando Pablos Alonso, el barista responsable de esta peculiar cafetería, me contaba que cada semana, en la trastienda del local, ellos mismos tuestan el café que compran a pequeños productores en origen. Me dio algunas pinceladas sobre el proceso de tostado, cómo se ajusta en función del momento del año y de la humedad que tenga el grano, de la variedad de café que se trate y de mil factores más y ahí te das cuenta de que otra realidad es posible. Lo mismo ocurre cuando te habla del ritual (porque hacer un buen café tiene su ciencia) para prepararlo.

En España se consumen nada más y nada menos que 14.000 millones de tazas de café al año.

Mientras hablábamos sobre esta cuestión, Fernando nos comentaba que parte del problema está en que no en todos los sitios se presta atención al café que se usa, ni a la máquina con la que se prepara y  así es imposible que el resultado sea bueno.

A mi me parece que a esto hay que sumarle la falta de cultura cafetera que impera en nuestro país y el uso de cafés torrefactos (ay, ¡cuánto mal ha hecho el torrefacto!) y excesivamente quemados, para tener un combo perfecto e imbebible.

Es bastante curioso cómo, siendo una de las cosas que más margen deja a las cafeterías y los restaurantes, no se le presta nada de atención. Es cierto que en los restaurantes, especialmente en los de calidad, cada vez es un aspecto que se descuida menos pero en la mayor parte de bares no se preocupan por la calidad del café, ni por el estado de la cafetera y su limpieza (otra cuestión fundamental) y tampoco por el personal que lo prepara, que en algunos casos no tiene ni idea de cómo se debe hacer un buen café.

El resultado es el que “disfrutamos” en nuestro bar de cada día: un desastre total que hay que cargar de azúcar para poder darle un trago. Y aprovechando que hablamos de azúcar, un día escuché a un barista esta frase que convertí en mi mantra: “el buen café no lo necesita y el malo no lo merece”. Así que recuérdalo justo en el momento en que vayas a atacarle un azucarillo a tu café diario. Y que la fuerza te acompañe a la hora de intentar encontrar un café decente en tu entorno.

Y tú, ¿dónde y cuándo te has tomado el peor café de tu vida?

Verónica Bravo Piqueras

Verónica Bravo

Soy periodista y una apasionada de la gastronomía, la cocina y la nutrición. Me confieso adicta al café y a la comida de verdad acompañada de un buen vino. Adoro viajar y las comidas familiares. Coach nutricional en proyecto y amante de la buena vida. Escribo, cocino, como y disfruto a partes iguales.

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