¿Estamos criando hijos egocéntricos?

Pequeños narcisistas, tiranos que solo piensan en ellos y que acaban convirtiéndose en los llamados jóvenes 'yo-yo' (egoístas). Desde que son pequeños, debemos trabajar en la empatía de nuestros hijos y enseñarles a tolerar su frustración. Solo reforzando estas cualidades evitaremos que piensen únicamente en ellos.

Ponte en mi lugar

Nos avergonzamos en público si nuestro hijo es incapaz de compartir sus juguetes o si nos interrumpe constantemente mientras estamos hablando con otro adulto. Sin embargo, pocas veces somos conscientes de los errores que cometemos dentro de casa, en familia, a la hora de educarles. Por muy cansados que estemos, somos incapaces de decirle a nuestro hijo que esta noche no le leeremos el cuento o que no podemos llevarle a caballito a pesar de que nuestras cervicales ya empiezan a resentirse. Es importante que los padres hagan ver a los niños sus propias necesidades, deseos y motivaciones. "Si no damos a nuestros hijos la oportunidad de ponerse en nuestro lugar, nunca lo harán, y más adelante, cuando se vuelvan exigentes y egocéntricos nos sorprenderán y nos sentiremos defraudados", apunta la psicóloga Teresa Rosillo Aramburu.

 

Generosidad con límites

El niño nace egoísta y egocéntrico porque es lo que necesita cuando es un bebé, ya que solo puede ocuparse de lo suyo. A medida que va creciendo, los intereses y emociones de los demás van tomando relevancia porque el niño siente que quiere pertenecer al grupo y para ello tiene que acatar unas normas sociales. Para que el niño aprenda a compartir es importante que sienta una motivación y una relación con el otro. Resulta razonable que tu hijo no quiera compartir en el parque su juguete preferido con un niño que no conoce. Sin embargo, podemos enseñarle a prestar aquel cochecito con el que ahora no está jugando. Permite que tu niño no deje aquello a lo que se encuentra más aferrado, pero anímale a que se desprenda de otra cosa. Debemos comenzar enseñándole a compartir en casa, con gente a la que quiere; de esta manera aprenderá a disfrutar con ello. Por ejemplo, dale un collar para jugar o tómate a medias algo de comer con él. Enséñale también a compartir sus experiencias escuchándole.

Frustrarse es sano

 Es importante que los padres tengamos claro que no deben salirse siempre con la suya y les ayudemos a resistir la frus­tración y a tolerar sus errores. Actual­mente proliferan los menores que tole­ran muy mal el no por respuesta, que buscan constantemente sentirse bien y que no aguantan el aburrimiento.

Un niño con unos padres que cons­tantemente se adaptan a sus caprichos, sin imponerle normas ni límites, acaba­rá convertido en un ser caprichoso y egocéntrico. Por eso es importante que aprendamos a tolerar que nuestro hijo llore, sufra, muestre disgusto o se aburra, sin necesidad de hacer nada ni evitarlo a toda costa.

Sin hermanos

Con hijos únicos, aunque no se puede generalizar, el trabajo que tienen que realizar los padres para reforzar su empatía y resistir la frustración es aún mayor. Son niños que no tienen que compartir en casa con sus hermanos, ni esperar su turno para ser escuchados, lo cual provoca que consigan sus deseos con más facilidad. No tienen competencia y disponen de más tiempo y dedicación de unos padres que, supuestamente, estarán más descansados y contarán con más paciencia. Aunque nunca hay que bajar la guardia: existen padres con varios hijos que consienten todo y padres con hijos únicos que saben muy bien hacer que sus hijos aprendan a ponerse en el lugar del otro.

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