Revista Mía
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¿Se puede comer la fruta si le quito la parte que está podrida o dañada?

Es algo que todos hemos hecho alguna vez: nos encontramos con una pieza de fruta estropeada en el frutero, y tras observar que el resto se encuentra aparentemente en perfecto estado, retiramos la parte estropeada para consumir el resto. Sin embargo, ¿sabías que no sería muy recomendado? Te explicamos por qué.

Si sueles comer fruta fresca muy a menudo (recuerda que se trata de algo fundamental, a la par que recomendable, especialmente cuando la consumimos diariamente, varias veces al día), es bastante posible que, en algún que otro momento, te hayas encontrado con partes podridas o que poseen algo de moho.
Se trata de algo habitual que tiende a ocurrir con la mayor parte de las frutas, aunque es aún más común en los cítricos (en particular naranjas y limones), fresas, nectarinas, duraznos y melocotones.
Es cierto que, en la mayoría de las ocasiones, lo más común que tendemos a hacer todos es desechar la parte estropeada, con la finalidad de consumir el resto.
Sin embargo, si en alguna que otra ocasión nunca te lo habías planteado, es muy aconsejable en estos momentos hacerse la siguiente pregunta: ¿se trata, en realidad, de una práctica recomendable? O, lo que es lo mismo, ¿podemos comer el resto de la fruta que aparentemente se encuentra en buen estado, después de eliminar la parte podrida o dañada?

¿Por qué las frutas se pudren?

Aunque todas las frutas acaban pudriéndose tarde o temprano, como ocurre prácticamente con la totalidad de los alimentos, es cierto que existen algunos factores que pueden influir en que ese cambio se acelere, en algunos casos de forma más o menos considerable.
Evidentemente, se trata de un proceso totalmente natural. Y podemos mencionar algunos de los principales culpables: el aire, la humedad, la luz, la temperatura y, sobre todo, el crecimiento microbiano.
Como ocurre con las verduras, la mayoría de las frutas se echan a perder fácilmente como consecuencia del daño originado por los microorganismos, como bacterias, levaduras y mohos, que necesitan agua y nutrientes para su crecimiento, reproducción y energía.
Finalmente, cuando las frutas se exponen a la luz, sus diferentes capas externas empiezan a estropearse en un proceso conocido como fotodegradación, que causa algunos cambios típicos, como decoloración.
Pero también debemos prestar atención a otras señales típicas de descomposición, como: imperfecciones, cambios en el color (generalmente a tonalidades más oscuras), moho, manchas viscosas y, si nos atrevemos a probarla, pueden poseer un olor o sabor desagradables.
Como te comentábamos anteriormente, cuando nos encontramos con una pieza de fruta estropeada en el frutero, o en la nevera, lo más habitual es intentar desechar la parte dañada, analizar el resto y, en caso de encontrarse en mejor estado, pelarla y consumirla después de haberla lavado.
Sin embargo, debemos tener en cuenta algo importante: la fruta se pudre debido a una invasión microbiana. Por este motivo, la fruta estropeada y / o con moho debe ser desechada inmediatamente al completo, por lo que no es ni mucho menos recomendable comer la parte que no se ha podrido.
La fruta, tras un almacenamiento prolongado, suele sufrir una invasión microbiana, que ocurre después de que se produzca una reacción bioquímica natural que, aunque por sí sola no tiende a representar un problema de salud para las personas, sí facilita que determinadas bacterias y microbios puedan penetrar en su interior.
Foto: Istock

El riesgo de comer fruta podridaFoto: Istock

Pero, ¿por qué debemos desechar la fruta por completo? Muy sencillo: cuando la fruta se encuentra parcialmente mohosa, nunca estaremos del todo seguros si ese moho se ha extendido al resto de la fruta no podrida. De ahí que, incluso aunque parezca pulpa totalmente normal, y comestible, en realidad contiene un buen número de sustancias nocivas, por lo que no es apto para el consumo humano.
Esto es debido a que el moho presenta una serie de raíces capaces de penetrar muchísimo más allá de la superficie, incluso aunque a simple vista no se aprecie.
En el caso de los hongos, las micotoxinas se caracterizan por ser las más peligrosas, ya que son unas sustancias que no se ven, no huelen ni tienen sabor, pero sí pueden originar una intoxicación crónica, aumentando el riesgo de cáncer de riñón o de hígado, o una toxicidad aguda.
Debido a ello, no solo debemos desechar la fruta introduciéndolas en una bolsa antes de tirarla a la basura, sino que es imprescindible evitar tocar u oler el moho, puesto que existe el riesgo de que surjan problemas respiratorios.
En ocasiones es posible que ingiramos por error un trozo de fruta estropeada. Como manifiestan muchos especialistas, lo más común es que no ocurra nada, dado que tanto los mohos como las bacterias suelen no sobrevivir en el estómago. No obstante, dependiendo de la sensibilidad que tengamos sí podrían surgir algunos síntomas molestos, como vómitos, náuseas y diarreas.
Es muy común que la aparición del moho afecte especialmente a frutas blandas. Por este motivo, es tremendamente habitual encontrarlo presente en fresas y frutos rojos en general, además de melocotones, cerezas, duraznos, paraguayos o uvas.
Lo ideal es desechar las estropeadas, separándolas del resto, con lo que conseguiremos evitar el contagio. Igualmente, es fundamental limpiar bien a fondo el área donde se encontraban, ya se trate de la nevera o del frutero.
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