Revista Mía

Precocinados: por qué debes leer bien siempre sus etiquetas antes de comprarlo

En verano dejamos de lado la cocina casera y recurrimos más si cabe a este tipo de productos malsanos que no aportan nada bueno a nuestra salud.

Las etiquetas de los alimentos son un arma de doble filo. Aprender a leerlas bien no es fácil, y esto hace que casi sea mejor no leer nada que hacerlo sin conocimiento, ya que esto último nos lleva a cometer graves errores inducidos por lo bien que los equipos de marketing hacen su trabajo. Sobre todo si hablamos de productos precocinados malsanos.
Es verdad que la ley obliga a las etiquetas a no mentir. O al menos, mejor dicho, a no esconder nada al consumidor, pero es la letra pequeña la que nos da la información valiosa. No esos mensajes en mayúscula y entre exclamaciones que dicen cosas como “artesanal”, “estilo casero” o “receta de la abuela”, por citar algunos ejemplos que puedes encontrar con relativa facilidad en el lineal de los supermercados.

En qué fijarse en la etiqueta

En la letra pequeña, esa que todavía muy pocas personas leen con atención al hacer la compra, sí deben estar incluidas las porciones, las calorías, las grasas o el azúcar de ese producto, entre otros datos, en la tabla de valores nutricionales. Y, además, la lista de ingredientes no puede esconder nada: deben ir de mayor a menor, en orden. Pueden aparecer los porcentajes exactos o no, eso sí, pero si lees azúcar en primer lugar, cuidado. Es más que suficiente la pista como para saber qué de saludable va a tener poco ese producto.
Hace unos días, en el programa de televisión Saber Vivir, la dietista nutricionista y cocinera, Marta Verona, ganadora de MasterChef, expuso en su sección aquello “que no vemos de los alimentos precocinados”. Ella, a través de su análisis de varios de los productos más vendidos, como croquetas y empanadillas, nos motivó para dar voz una vez más a esta problemática que es una de las causas de los malos datos acerca de cuestiones sanitarias como la obesidad infantil: el alto porcentaje de precocinados que hay en las dietas familiares. No lo decimos nosotros, lo hacen los estudios científicos. Sin ir más lejos, el año pasado se publicó una investigación en la revista JAMA donde se alertaba de que los ultraprocesados suponen en los niños y adolescentes estadounidenses el 67% de la ingesta calórica total de sus dietas. En España, el problema no llega a este punto, pero tampoco son para tirar cohetes.

Por lo que son tan poco recomendables para la salud los alimentos precocinados es por su pésimo rendimiento nutricional: más allá de calorías, que es el valor en el que todavía buena parte de la población se basa para decir si algo es bueno o no —el famoso “engorda o no engorda”—, este tipo de productos suelen incluir todos los alimentos que forman parte de la lista de nada recomendables que hacen una y otra vez los expertos en nutrición. Esto es: harinas refinadas, aceites vegetales poco saludables como el de palma o colza, a menudo el de girasol cundo en casa utilizaríamos de oliva para esa misma elaboración, azúcares, las temidas grasas trans —enmascaradas con nombres como aceite vegetal hidrogenada, grasa parcialmente hidrogenada o estabilizantes vegetales—, conservantes y muchísima sal. Mucha más de la que usamos para cocinar en casa, incluso en hogares donde se consume más de la recomendable.
Afortunadamente, cada vez hay más productos en el supermercado aptos para el consumo inmediato que son saludables. Pasa mucho en verano con los gazpachos, por ejemplo. Pero esto no ocurre con los fritos y las pizzas, dos de los productos más demandados ahora que estamos en verano y dejamos la cocina casera en un segundo plano. No te olvides de que abusar de los ultraprocesados es sinónimo de perjudicar la salud de quienes compartís mesa en casa. Lee las etiqueta con atención, la letra pequeña, y trata de limitar al máximo su consumo.
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