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El resurgir de Winona

Atrás quedan cotilleos y sornas: Winona ha vuelto por todo lo alto gracias a su 'papelón' en la serie de tinte ochentero 'Stranger things'. Y nos encanta.

A Winona uno no se la quita de encima así como así. Y si no -chiste fácil- que se lo digan a Johnny Depp. O como seguramente soltaría su ‘ex’ mejor amiga y después archienemiga Gwyneth Paltrow: “Mala hierba nunca muere”. Ambas se acusaron de intentar robarse el papel en Shakespeare in love, y después, Paltrow insinuó que ella era “peligrosa y venenosa”. Y eso que ya había ganado el Oscar.

Cómo choca esa imagen con la de la Winona que le envió una carta a Natalie Portman disculpándose porque su personaje la hubiera tratado tan mal en Cisne negro. Pero esa es la gracia que la convirtió en el símbolo goth de los 90: la pícara esperanza de que su cara inocente pudiera esconder una historia mucho más emocionante.

Infancia hippy

Winona Laura Horowitz nació en Minnesota, cerca de la ciudad a la que le debe el nombre, el 29 de octubre de 1971. Según la revista GQ, sus padres cortaron su cordón umbilical con unos cordones de zapatos esterilizados. No es tan increíble teniendo en cuenta que después la familia vivió siete años en la comuna Rainbow, con otras siete familias, sin electricidad y aprovechando solo lo que la tierra les ofrecía. Los grandes amigos de la familia eran el psicólogo y defensor de la toma controlada de LSD Timothy Leary (el padrino de Winona), el icono de la generación beat Allen Ginsberg y el autor de Un mundo feliz, Aldous Huxley y su mujer, Laura, por quien la actriz recibió su segundo nombre.

De aquellos años nació su devoción por la lectura; desde entonces le encanta recolectar rarezas y primeras ediciones de libros. De su favorito, El guardián entre el centeno, tiene todas las ediciones y traducciones. Su vocación también se despertó allí, durante las sesiones de cine que compartía con su madre gracias a un viejo proyector. La nostalgia del pasado siempre parece acompañarla. Es coleccionista de reliquias del cine y la música (compró, por ejemplo, la camisa que llevaba Olivia de Havilland en Lo que el viento se llevó) y reconoce ser una negada para Internet (le costó un tiempo “vergonzoso” aprender a hacerse un selfie).

El icono que no podía con la fama

Pero marcar la diferencia, haber vivido el hippismo y ser el icono de toda una generación no tiene por qué ser tan cool. En el colegio solo pensaban que era "una freak", a los 20 años ya sufría ansiedad y depresiones y a los 30 pasó a ocupar más titulares por su humillación pública (al ser pillada dos veces robando) que por sus películas. Y, sin embargo, se olvidó: “No dije una palabra. No hice nada. Solo esperé a que todo hubiese acabado”, dijo ella, demostrando que, aunque nunca se acostumbró a la fama, sabía de sobra cómo funcionaba.

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