Fin de semana en Guadalupe

Rica gastronomía, encantadoras tiendas de artesanía, rincones medievales, la belleza imponente de la Sierra de las Villuercas...

La villa extremeña de Guadalupe en una estupenda opción para escaparse. No hacen falta excusas.

 

Para hacerse una idea de toda la belleza que rodea a Guadalupe, hay que empezar disfrutando de las mejores vistas de la comarca. Las encontrarás en el mirador que hay junto a uno de los edificios más emblemáticos del pueblo, aunque esté a cuatro kilómetros de distancia: el Humilladero, un templete gótico-mudéjar donde, tradicionalmente, se detenían los peregrinos a divisar por primera vez la villa con su monasterio. Se llega por la carretera EX-118 que sube entre olivos, pinos, robles y castaños hacia Navalmoral de la Mata.

Una buena forma de comenzar el día es tomar un desayuno (también es recomendable el tapeo a mediodía) en las terrazas de los bares y mesones de la plaza de Santa María, a las que también se suman las de la calle Sevilla. Al disfrute del café matutino con churros (o bollería), o los vinos y las cervezas con algo de picar, se añade la contemplación de la imponente fachada meridional del Monasterio, que será nuestra primera parada.

Dentro, hay que admirar la espectacular sacristía, convertida en una especie de pinacoteca dedicada a Zurbarán, cuyos cuadros describen escenas de la vida monástica con un impresionante vigor realista. Vale la pena fijarse en el cesto de panes de Fray Martín de Vizcaya limosnero para comprobar, a la salida, que son exactamente los mismos que se venden en la panadería de la esquina de la plaza.

También de obligada visita es su claustro mudéjar, rodeado de pinturas que cuentan la leyenda del hallazgo de su famosa Virgen por un pastor. Este y otros impresionantes claustros medievales, como el gótico de la Hospedería del Monasterio (bajo cuyas arcadas se abren las puertas de su bar y restaurante) o el del antiguo Colegio de Infantes o de Gramática –hoy Parador de Turismo–, de estilo mudéjar, con sus mesas de hierro verde situadas entre los limoneros en torno a la fuente, invitan a detenerse en ellos y a disfrutar de su belleza.

Buscando la magia

Callejear sin prisas por los antiguos barrios de Guadalupe puede convertirse en algo mágico. La plazuela de Los Tres Chorros –así llamada por su fuente de tres caños–, los antiguos arcos de entrada a la villa –Las Eras, Tinte, Sevilla, Chorro Gordo y San Pedro-, las diminutas e irregulares plazoletas que se crean en el encuentro de las callejuelas más empinadas, los rincones aún empedrados y los arcos y soportales de la arquitectura popular constituyen un decorado sugerente y cautivador.

Más aún si lo combinamos con los bocados más sabrosos: triunfan los más tradicionales como la caldereta, los guisos de cabrito y caza –en especial, el venado–, las migas, los cardillos y las achicorias y la sopa de tomate con uvas (versión invernal del gazpacho).

Y, para llevar, deliciosos productos de la tierra: jamones, embutidos, quesos de los Ibores, la prestigiosa Torta del Casar, pimentón de la Vera, miel, vinos de pitarra, de Cañamero y de Barros y el emblemático licor de bellota, el fruto de la encina que constituye el símbolo de Extremadura.

Mi Guadalupe favorito

Si quieres aprovechar bien el tiempo, añade a tu visita las sugerencias de Rosa María Jado, una empresaria guadalupense emprendedora y entusiasta.

Minimuseos con encanto: además de la sacristía dedicada a Zurbarán, no dejes de visitar, dentro del Monasterio, los pequeños museos de bordados, de códices miniados y de esculturas y pinturas. Son poco conocidos y muy interesantes (de 9:30 a 13:00 h y 15:30 a 18:30 h).

Placeres 'gourmet': disfruto mucho con las recetas monacales de la Hospedería (especialmente ricos están los revueltos, los asados y cualquier plato de bacalao). Además de degustarlas en su amplio comedor, si te gusta cocinar puedes comprar allí mismo el libro 100 recetas de Fray Juan de Guadalupe, que las explica paso a paso, y prepararlas en casa.

La tapa más popular: recomiendo la morcilla de La Puebla, que se llama así en honor al auténtico nombre de esta ciudad: La Puebla de Guadalupe. Lleva cebolla, berzas, ajo y perejil y se sirve sobre una rebanada de pan con un poco de pimentón picante o dulce. Un bocado exquisito.

Un queso para descubrir: con permiso de la archiconocida Torta del Casar, que sigue siendo la más demandada, a mí me encanta el sabor de su excelente competidora, la Torta de la Serena.

Los mejores dulces: en el Horno San Jerónimo-Atrium Café (teléfono: 927 36 70 40), situado a los pies del Monasterio, sirven –y venden– un buen surtido de la repostería más clásica (muégados, bollos de San Blas, almendrados y perrunillas) para saborear con café, té o vinos de pitarra y licores de la tierra. El local ha conservado parte de la arquitectura medieval.

De excursión: hay muchos rincones maravillosos por descubrir en la zona: pueblos serranos con encanto, dehesas naturales, pinturas rupestres... Para que puedas conocerlos, la empresa Natrural organiza estupendas rutas temáticas, a pie o en 4 x 4, con guías especializados por el  Geoparque Villuercas-Ibores-Jara.

Para dormir y comer

Parador Zurbarán. Impresionantes vistas desde las habitaciones con terraza de la parte nueva. Tiene ofertas desde 70 €/hab. doble.

Hospedería del Real Monasterio. Las mejores habitaciones están en los pisos superiores del claustro gótico. Precio: desde 70 €/hab. doble.

Posada del Rincón. Sorprende tanto por su inesperada amplitud como por lo cuidado de su decoración. Desde 68 €.

Más información en la Oficina de Turismo de Guadalupe y en Turismo de Extremadura.

Por: Marta Nuere.
Fotos: Jaime Gil Castejón.

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