Revista Mía

¿Sobreproteges a tu hijo ¡Deja que se equivoque!

Prueba a dejar que se caiga, se manche o meta la pata, aunque sea un solo día. Comprobarás que errar puede ser una excelente herramienta para conseguir que tu hijo acierte la próxima vez....

Prueba a dejar que se caiga, se manche o meta la pata, aunque sea un solo día. Comprobarás que errar puede ser una excelente herramienta para conseguir que tu hijo acierte la próxima vez. Convertirnos en personas maduras y responsables, con buena autodeterminación y autonomía, requiere un entrenamiento que empieza cuando aún somos muy pequeños y que consiste básicamente en equivocarnos muchas veces hasta encontrar la manera correcta de actuar.
La capacidad de tomar decisiones, propia de los adultos, no se alcanza de la noche a la mañana. Tampoco las habilidades que nos permiten ser autónomos y no depender de los demás, porque todos aprendemos según el método de ‘ensayo y error’; el mismo que emplean los ingenieros para asegurarse un buen control de calidad de sus productos en las fábricas. Para llegar a adultos y poder decidir sobre multitud de cuestiones cotidianas (qué ropa ponerse, ir al trabajo en coche o autobús, etc.) o realizar actividades que entrañan cierta dificultad técnica (lavarse los dientes, abrocharse los botones, cerrar una cremallera, etc.), nuestros hijos deben culminar un largo proceso durante el cual, paulatinamente, van adquiriendo las destrezas.
Mientras tanto y hasta que logren ser autónomos, debemos estar a su lado para orientarlos, y esta labor debe llevarse a cabo en tres direcciones, según Rebeca Tur, terapeuta ocupacional y educadora.
1. Fijar normas de seguridad. Aunque se trate de aprender de los errores, siempre hay límites. “En cualquier actividad, lo más importante es que el niño esté seguro, sin correr riesgos físicos”, expone la terapeuta. “Por eso es tan necesario marcar unos márgenes y no permitir en ninguna circunstancia que se rebasen. Las normas básicas deben mantenerse con coherencia y en todo momento”. Por ejemplo: nunca se cruza una calle con el semáforo en rojo, no se puede trepar a la barandilla del balcón, no se juega con bolsas de plástico, etc.
2. Motivar con cariño. La mayor motivación para sus esfuerzos y la mejor recompensa por sus logros es nuestro cariño. “Para un niño no hay mejor aplauso que el de su madre –dice Tur–. Cuando los adultos elogiamos su comportamiento estamos reforzándolo, instándole a que lo repita”. La psicopedagoga Miryam Vera, por su parte, afirma: “La aprobación de los mayores es fundamental para que los niños mantengan un buen nivel de autoestima, especialmente cuando son muy pequeños. Las demostraciones físicas de cariño por parte de los padres son un excelente incentivo”.
3. Respetar sus iniciativas y aceptar sus elecciones aunque sean equivocadas. Eso es algo que a los padres nos cuesta mucho. Nos pasamos el día suspirando por el momento en que puedan bañarse, vestirse o comer sin ayuda, pero, paradójicamente, nos resulta difícil dejar que lo hagan. “Con frecuencia, la actuación de los padres es el mayor obstáculo para que adquieran tanta autonomía como sea posible a su edad –afirma Tur–. Es necesario dejar a un lado la tendencia a la sobreprotección y el perfeccionismo”. Los adultos también tenemos que aprender a dejar hacer.
Por experiencia propia
Nadie aprende a abrocharse un botón a base de escuchar instrucciones o mirar cómo se lo abrocha papá: es preciso adquirir experiencia practicando. La pedagoga y musicoterapeuta Miryam Vera explica que hay que seguir la máxima de Confucio: “Lo que oigo, lo olvido. Lo que veo, lo recuerdo. Lo que hago, lo aprendo”. “Por mucho que les digamos y repitamos algo, no lo aprenderán de verdad mientras no lo hagan ellos mismos”, asegura.
Permiso para hacerlo mal
-?Deja que se manche con la comida, que no acierte siempre con la cuchara. Pero alaba su esfuerzo para que siga intentándolo.
-Déjale sin pañal cuando le llegue el momento, no cuando sea más conveniente para ti. Y permítele entonces algún ‘escape’. Nadie es perfecto.
-Deja que hoy se ponga el jersey del revés, que se abroche mal los botones. Mañana lo hará mejor.
-Deja que elija el sabor del yogur que va a tomarse, aunque pida ese que, ya lo sabes, no le gusta nada. La siguiente vez no se equivocará.
-Deja que se mueva, salte y brinque, aunque se caiga de vez en cuando. Es la mejor manera de que conozca las posibilidades de su cuerpo.
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