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Carne de cerdo, ¿sí o no?

Ni contiene más grasas ni es perjudicial para la salud. El porcino ha sido una de las bases de la dieta mediterránea, gracias a sus propiedades nutricionales, su sabor y la gran versatilidad de sus piezas.

  • Autor: Inma Coca

Cada español consume más de 40 kilos de carne de cerdo al año. Esto supone casi la mitad de la carne que ingieren en total, pero, aún así, la pregunta sobre si el porcino es bueno para la salud sigue en el aire.

Los últimos años, médicos y nutricionistas han insistido en la necesidad de reducir al mínimo el consumo de carne roja, debido al impacto negativo que puede tener en nuestra salud. Dentro de ese ‘paquete’ se incluyó al cerdo y nuestra dieta comenzó a dar prioridad a la carne de pollo y pavo. A pesar de que organismos como la OMS aceptaron que la carne de cerdo de capa blanca (una variedad que incluye a las razas más comunes en nuestro país) es un alimento sano y recomendado, sigue existiendo cierto reparo a la hora de meterlo en la cesta de la compra.

Por ello, el sector porcino europeo ha puesto en marcha la campaña Let’s Talk About Pork From Europe (hablemos del cerdo de Europa) para trasladar al consumidor las virtudes y bondades del modelo europeo de producción porcina, el de mayor calidad, bienestar y sostenibilidad del mundo.

Más ventajas

La carne de cerdo es un alimento con un perfil nutricional muy interesante y completo. Es una buena fuente de proteínas de excelente calidad, por su digestibilidad y contenido en aminoácidos esenciales, que tiene una alta proporción de hierro de elevada biodisponibilidad y zinc, entre otros minerales, así como de vitaminas del grupo B, especialmente, tiamina (vitamina B1), niacina (vitamina B3), piridoxina (vitamina B6) y cobalamina (vitamina B12)”, destaca Daniel de Miguel.

Además, nos pone unos ejemplos claros de algunas de las piezas más sabrosas y sanas: “El lomo y el solomillo tienen un alto contenido de proteínas y aportan potasio, fósforo, zinc y vitaminas B1, B3, B6 y B12”.

Hablemos de cerdo

Hablamos con Daniel de Miguel, director adjunto INTERPORC y portavoz de la campaña Let’s Talk About Pork, sobre la confusión y los mitos que acompañan a esta carne y nos da una pauta sencilla para saber qué carne es apropiada consumir de forma habitual y cuál no: “El diferenciador fundamental entre las carnes es la cantidad y calidad de la grasa que contienen”.

Y ¿cuál es la ventaja del cerdo de capa blanca? Pues, precisamente, la baja cantidad de grasa que contiene y, además, lo sencillo que resulta en algunas piezas eliminarla por completo. “Las carnes magras son aquellas con un contenido por debajo del 10 % de grasa total (muy magras, menos del 5 % de grasa total). Los cortes magros de cerdo se encuentran dentro de la misma categoría de carnes magras que otros tipos de carnes, como pueden ser pollo, pavo, codorniz o conejo”, nos recuerda de Miguel.

Del cerdo, hasta los andares

Este dicho popular no puede ser más cierto y es que, tal y como nos cuenta de Miguel, el cerdo de capa blanca cuenta con 60 cortes. De ellos, “los cortes magros son el solomillo, la cinta de lomo, las costillas de lomo y pierna, que contienen entre un 2 y 11 % de grasa intramuscular”.

Otra ventaja importante que nos recuerda de Miguel es que “alrededor del 70 % de la grasa de la carne de cerdo de capa blanca es subcutánea y se puede eliminar fácilmente. La grasa es mayormente insaturada: 42,9 % de grasa monoinsaturada, 15,9 % de grasa poliinsaturada, 34 de % saturadas”. Datos que convierten a este tipo de proteína en un alimento sano, dentro de una dieta equilibrada.

En su justa medida

Como todo en esta vida, la clave está en encontrar el punto adecuado. En este caso, la carne de cerdo blanco debe ser parte de nuestro menú dentro de una dieta equilibrada en la que se incluyan otro tipo de proteínas, muchas verduras y abundante fruta. Tal y como indica la Guía de Alimentación Saludable de la Sociedad Española de Nutrición Comunitaria, la recomendación es el consumo de 3-4 raciones de carnes magras a la semana.

De Miguel nos anima a elegir “cortes magros de carne de cerdo, como el lomo o el solomillo, y seleccionar productos cárnicos con un contenido bajo o reducido de grasa”, y también nos orienta sobre cuánto es una ración, algo que muchas veces cuesta calcular. “Si hablamos de lomo, solomillo o chuleta, una ración serían unos 125 gramos.

Por su parte, de jamón cocido o serrano, al contener más grasa, no deberíamos pasar de 50 gramos”. Cuando hablamos de grasa, obviamente, lo hacemos en crudo. Así pues, si no quieres añadir más calorías, la forma de cocinar esta carne es muy importante. A la plancha es la mejor opción, dejando los fritos y rebozados para ocasiones muy puntuales.

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