Claves para superar la vergüenza

Todos sentimos algo de vergüenza ante determinadas situaciones y no es malo. Sin embargo, cuando todo nos da reparo y nos limita debemos hacer algo por superarlo.

Muchas veces se confunde culpa con vergüenza, pero se trata de dos emociones distintas. Con la primera uno cree que ha hecho algo malo; con la segunda se piensa directamente que uno es malo. Y es que, a diferencia de aquélla, la vergüenza es una emoción global y permanente: parece dominarnos todo el tiempo. "Soy mala, soy tonta, no valgo nada", son algunas de las frases que se dice a sí misma una persona vergonzosa. De tanto repetírselo, acaba por desear esconderse, hacerse pequeña y que nadie la vea, pero esto a su vez potencia y refuerza su baja autoestima, entrando así en un círculo vicioso del que cada vez le cuesta más salir. 

Tener un poco de vergüenza es normal, hasta es una señal de salud. ¿Quién no la ha sentido cuando va a una fiesta en la que no conoce a nadie o en su primer día de trabajo? Ese pequeño miedo es ocasional y uno lo puede controlar. Pero si hablamos de esa voz interior que dice "Toda yo soy errónea", hablamos de una vergüenza dañina que no solo hace sufrir por sí misma, sino porque tiene entre sus peores consecuencias atraer a personalidades tóxicas; es decir, a esa gente que se burla constantemente de los demás, de los débiles. Quien actúa así tiene en realidad una personalidad insegura, aunque no lo sepa, pero mientras tanto va haciendo daño allá por donde pasa, especialmente a la gente vergonzosa, que a menudo acaba por creerse que merece eso que le está pasando. 

 

A veces está muy relacionada con el perfeccionismo y con la creencia errónea de que los demás son una especie de maestros ante los cuales tenemos que rendir. También con la idea de que si nos equivocamos van a dejar de amarnos o valorarnos. Pero nada más lejos de la realidad: lo único cierto es que cuanto más se busca el aplauso o el reconocimiento de otros, más corte nos da todo. La solución pasa por reírnos de nuestros errores, por aprender a desdramatizar y por lo que se llama "terapia de la anticipación", que es decir que nos vamos a equivocar antes de hacer algo. Porque cuando expresamos lo que tememos, esto deja de ser peligroso.

Cómo salir de ella: lo primero, deshaz esa voz interior que se activa cada vez que alguien se ríe de ti o te quiere humillar. Después, deja de ser perfeccionista: no pasa nada si te equivocas, por ejemplo, un día que tengas que hablar en público. Eres un ser humano. Después, háblate en positivo. Aunque te equivoques, no te burles de ti misma ni te digas nada peyorativo: no utilices tus errores para torturarte, sino para crecer. Las meteduras de pata nos humanizan, nos permiten comprender más a la gente y hacen nacer la compasión por los demás. 

 

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