Cómo aceptar a mi pareja

¿A quién no le gustaría que su pareja vistiese mejor, fuese más considerada con la familia o algo tan simple como que no dejase todo tirado por el suelo? Todos ‘empujamos’ a diario un poco para que él o ella cambie. ¿Está bien hacerlo?

¿A quién no le gustaría que su pareja vistiese mejor, fuese más considerada con la familia o algo tan simple como que no dejase todo tirado por el suelo? Todos ‘empujamos’ a diario un poco para que él o ella cambie (a veces sin ser conscientes). Pero ¿está bien hacerlo? Y si lo conseguimos y resulta que deja de gustarnos, ¿podemos rebobinar?

 

Seamos sinceros: a todos se nos ha pasado por la cabeza en algún momento que nuestra pareja cambiara algo que no nos gusta. Que él o ella dejara los hábitos o la estética que tanto nos crispan.

 

Y si la metamorfosis no llega de forma natural, tendemos a ‘empujar’ un poco al otro. Tal vez no lo notemos, pero eso supone un desgaste de energía tremendo para los dos que puede arruinar la relación y que, además, como dice la terapeuta de pareja Arantxa Coca, “sitúa al otro en un continuo examen (‘a ver si he acertado con la respuesta’). Dejan de ser ellos y se convierten en profesor y alumno”.

 

Por qué necesitamos que cambie

Lograrlo puede no estar mal. El problema aparece cuando queremos que el otro se transforme en alguien que no es o cuando en realidad buscamos satisfacer nuestras propias necesidades. Según la experta, existen varias razones para hacer eso: “Hay gente que pretende marcar territorio, en plan ‘este chico es mío y le pongo mi sello’; o que confunde el amor con la obediencia: ‘Si me quiere, hará esto por mí’. Y claro, una cosa es hacer pequeños sacrificios por la pareja, y otra que el sacrificado sea la propia persona, que debe convertirse en otra”. Y es que, como dice Coca, las mujeres (especialmente) necesitamos presumir del amor que nos tienen y concebimos la obediencia como una muestra de ello.

 

Lo peor se lo llevan quienes salen con personas muy egocéntricas. “Es el caso más grave  - dice la terapeuta-. En la consulta, una vez un chico le llegó a decir a su novia: ‘Necesito que seas como te digo, si no, no me sirves’”. Se trata de personas encantadas de haberse conocido, con una autoestima por las nubes (¡se la pincharíamos como a un globo!), cuya pareja se convierte en una representación de sí mismos, de su valía y de su poder, por lo que tiene que ser perfecta (como ellos). En estos casos, lo mejor es poner tierra de por medio.

 

A veces también juega en contra el llevar demasiados años de convivencia. “Algunas parejas se conocen tan bien que las características de cada uno pasan a ser simple rutina para el otro; se han habituado, ambos se vuelven quisquillosos y empiezan a rectificarse y contrariarse sin cesar”. ¿Un consejo para estos casos? “Ante el ‘mal de aburrimiento’, lo mejor es hacer un viaje a un lugar completamente diferente; seguramente veremos después a la pareja igual que el día que nos enamoró. ‘¡Ha vuelto!’, nos diremos; pero no, siempre ha estado a nuestro lado, lo que pasa es que la rutina nos cegaba completamente”, dice Arantxa Coca.

¿Es lícito hacerlo (o intentarlo)?

¿Podemos, en nombre del amor, permitirnos semejante injerencia en otra persona? “Si es un acuerdo, adelante”, dice la experta. “Los dos deben ceder en algo y es bueno que así sea: de esta forma cada uno puede practicar la aceptación de las diferencias del otro. ¡Pero si acabáramos con todas las discrepancias, terminaríamos con la esencia de la pareja, la mataríamos!”.

 

Tomamos nota, entonces: si él quiere comer los domingos con su familia, lo respetamos (¡nada de un hombre resentido en casa!). No tenemos por qué acompañarlo siempre, hemos de contar con la libertad de irnos si no ‘aguantamos’ mucho (si su familia se lo reprocha, debe defendernos y excusarnos); y si un día coincide con nuestro aniversario, por ejemplo, él ha de ser flexible y no ir (no suena mal, la verdad). Lo terrorífico sería avergonzarnos de nuestra pareja; querer que cambie para que se adecue a los demás (a la familia, que es el caso más común). “No podemos caer en eso, simplemente por el daño que nos causa a nosotros: negamos algo nuestro.

 

Debemos partir de una premisa: nadie la ve como lo hacemos nosotros, sólo uno sabe lo que encuentra en ella”. Por eso, hay que centrarse en el bienestar que sentimos a su lado y no en cómo es. “Mamá, papá, alegraos porque a partir de ahora me vais a ver más contenta”. Pero ¿te imaginas lograr que cambie y que por eso mismo nos deje de gustar ? ¿Podríamos dar marcha atrás? Es difícil, porque cuando se cambia se deja de ser el de antes. “Ese es uno de los riesgos: puede cambiar y ¡zas! dejarnos o dejarle de gustar. Los dos, tal vez, descubramos otras posibilidades. Así es el amor, con su cara A (si funciona) y su cara B (va mal). Lo mejor es vivir el amor como un presente continuo. ¿Lo tienes ahora? Disfrútalo”.

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