Cosquillas, bostezos, hipo, sonrojo... ¿a qué se deben?

Son reacciones fisiológicas que no controlamos y que responden a diversos estímulos. Pero ¿sabes por qué se producen? Te lo contamos.

Son reacciones fisiológicas que no controlamos y que responden a diversos estímulos. Pero ¿sabes por qué se producen? Te lo contamos.

 

Cosquillas. Son percepciones: los receptores de la piel, a través del tacto, mandan señales a las regiones del cerebro encargadas de procesar este sentido y las sensaciones agradables. La respuesta es la agitación, la risa, la emoción o los gritos.

¿Y por qué las sentimos a veces antes de que nos las hagan? Pues porque en ocasiones el cerebro actúa por sí mismo antes de que nos produzcan esa sensación, sólo al intuirlo, ya que tiene tendencia a relacionar las cosas de modo automático. Por eso es casi imposible hacernos cosquillas a nosotros mismos: el cerebro sabe lo que vamos a hacer y no reacciona ante el estímulo.

 

Bostezos. Se trata de un movimiento automático que provoca que abramos la boca de forma exagerada y estiremos la mayor parte de los músculos. Esta reacción aparece cuando el cuerpo intenta activar el organismo tras un largo periodo inactivo (sueño) o cuando nos encontramos con sensación de hambre.

¿Y por qué se contagian? Por las neuronas espejo, que se encargan de que repitamos un acto para aproximarnos a la persona que tenemos delante. Es decir, son una especie de neuronas de la empatía: igual que si estamos ante alguien que está triste nos entristecemos y nos solidarizamos, algo parecido sucede con el bostezo, según la familiaridad o afectividad que nos una a esa persona.

Hipo. Se debe a la irritación generada en el diafragma por distintos estímulos: consumo excesivo de alcohol o tabaco, comer rápido, nerviosismo... Este tejido se encarga de subir y bajar para ayudar a los pulmones a que puedan inspirar y expirar el aire que necesitamos.

Así, cuando se produce algo inusual, el diafragma se irrita y eso no nos permite respirar con normalidad y se producen cambios en las velocidades. El ruido que acompaña esta alteración proviene de la entrada de aire en la laringe a un ritmo infrecuente.

 

Sonrojo. El aumento de adrenalina provoca que los vasos sanguíneos se dilaten para favorecer la entrada de oxígeno en las arterias periféricas más cercanas a la piel. Al estar los capilares cerca, la sangre se acumula en esa zona y eso hace que nos pongamos rojos.

Además, se acelera la respiración, el ritmo cardíaco aumenta, las pupilas se dilatan y la digestión se ralentiza. En general, las venas no responden a la adrenalina, pero las de la cara sí reaccionan.

 

Piel de gallina. Se trata de una reacción del sistema nervioso vegetativo, que es el que se ocupa de regular la tensión y la frecuencia cardíaca. Cuando nos encontramos en una situación impactante desde el punto de vista emocional o simplemente al sentir frío, la superficie pilosa se eriza y eso hace que se nos ponga así la piel.

 

¿Por qué? Se debe a que en la raíz del vello se esconde un pequeño músculo erector del pelo que es sensible a estas circunstancias. Con ello, el cuerpo nos pone en predisposición de huir o de hacer frente a un peligro. Es una alerta ante algo que desde fuera nos agrede.

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