El fasting o ayuno intermitente, ¿buena o mala opción?

Este método, que aboga por llevar a rajatabla el ayuno nocturno que hacen la mayoría de las personas que evitan comer de madrugada y alargarlo en el tiempo con precisión, se ha convertido en tendencia.

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Las dietas siempre deben estar supervisadas por profesionales (Foto: iStock)

El concepto tendencia, aunque se utiliza sobre todo en la industria de la moda, no es exclusivo de esta ya que hoy en día es necesario utilizarlo en campos tan distintos como el deporte o la alimentación, por citar dos ejemplos. Dentro de esta última, lo vemos cuando se pone de moda un plato, véase el cebiche, un alimento, como ocurrió con las semillas de chía o el aguacate, que todavía vive en la cresta de la ola, e incluso un restaurante, algo que pasa en todas las grandes urbes.

De igual modo, ocurre dentro del nicho de las dietas o métodos de alimentación con fines sanitarios, un tema por el que conviene siempre cruzar con mucho cuidado para evitar las arenas movedizas sobre las que sustentan debates agitados, al igual que pasa con las famosas “dietas milagro”. Para ello, el testimonio de los expertos y las conclusiones de las investigaciones científicas son fundamentales porque es el único mensaje fiable al 100 % con el que contamos hoy en día.

De entrada, como muchos lectores no conocerán todavía bien qué es el fasting, conviene explicar en qué consiste el método en cuestión, que no es otra cosa que seguir a rajatabla el ayuno nocturno que hacen la mayoría de las personas que evitan comer de madrugada y alargarlo en el tiempo con una precisión quirúrgica. Algo similar, salvando las distancias, a lo que lleva a cabo durante el Ramadán la comunidad musulmana. 

En concreto, el fasting propone no ingerir alimentos en una franja horaria muy amplia, de modo que se concentren las comidas en pocas horas. Uno de los ratios más comunes, de hecho, es 16:8; esto es, alimentarse solo dentro de un espacio de 8 horas al día, aunque también hay otros que son 12:12, por no hablar de los patrones de ayuno semanales, en los que la base es pasar algún día entero sin ingerir sólidos. Aunque este último lo descartamos de cara al tema que nos ocupa, es necesario citarlo para entender el matiz que diferencia el ayuno intermitente semanal o mensual del diario, que es el que estamos tratando en estas líneas. 

 

¿Es bueno o malo?

Precisamente, esta falta de consenso sobre lo que es el ayuno intermitente complica mucho el poder obtener conclusiones evidentes y definitivas sobre sus resultados a nivel sanitario. Así lo reconoce Julio Basulto, uno de los dietistas-nutricionistas más conocidos y respetados en España, en un post dedicado en exclusiva a este asunto en su página web personal: “No hay un consenso que nos permita saber qué está interpretando tanto la población como la comunidad científica por esta práctica”.

Este punto de partida ya evidencia la dificultad para afirmar con rotundidad si es bueno o malo el ayuno intermitente. Es el caso de Basulto, que justo se sitúa en el gris, ya que su opinión al respecto es la de desaconsejarlo por precaución hasta que las evidencias científicas digan lo contrario. “Tenemos pruebas débiles sobre la supuesta utilidad del ayuno intermitente para mejorar la salud (o tratar patologías) y sospechas sobre sus posibles riesgos, lo que nos obliga, por principio de precaución, a desaconsejar esta práctica, máxime teniendo otras propuestas más aconsejables”, opina el experto en alimentación.

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El ayuno, a debate (Foto: iStock)

Dentro de los riesgos citados por Basulto para desaconsejar el fasting, uno de los más potentes que utilizan expertos como él, que desaconsejan ponerlo en práctica, es el hecho de que prohibir comidas o saltárselas en una persona que sufra trastornos de la alimentación puede hacer que el descontrol que tenga sobre ella se agudice. Es decir, que hay un nutrido grupo de especialistas que considera infinitamente mejor aprender primero a comer bien que dejar de hacerlo. Paso a paso. 

Pero como en todo lo que genera debate y controversia, hay otro grupo que apuesta firmemente por los beneficios del fasting en clave sanitaria. Eso sí, no se trata de una confrontación blanco versus negro la que hay, en general, en la comunidad científica al respecto, como ya hemos visto. La prueba son los argumentos razonables utilizados por los partidarios del ayuno intermitente, los cuales no son incompatibles en muchos casos con los se aporta desde el otro lado: por ejemplo, que no hay evidencia científica de que comer nada más levantarnos sea lo más recomendable, ni mucho menos de que el desayuno sea la comida más importante del día. En este mensaje en concreto insiste cada vez que tiene oportunidad de divulgar en público Aitor Sánchez, otro de los dietistas-nutricionistas más mediáticos en España, con la intención de luchar contra los falsos mitos alimentarios establecidos como ciertos de manera extendida en la sociedad.

Las rutinas, lo más importante

Es común que los partidarios del fasting huyan de los términos método, técnica o incluso dieta para hablar de él. Prefieren describirlo como un hábito o patrón dietético, puesto que lo consideran compatible con prácticamente cualquier dieta y no obliga nada más que a llevar una rutina de horarios, manteniendo una ventana más pequeña de alimentación. Además, aunque las evidencias científicas pueden ser contradictorias en algunos casos, también cuentan con base sólida para defender su posición en favor ddel fasting, como son estos dos estudios en concreto: uno defiende que el ayuno intermitente optimiza el metabolismo y refuerza la protección celular, lo que afectaría de forma positiva a la longevidad, y otro le achaca utilidad para perder peso de forma saludable -a partir de las 12 horas de ayuno el cuerpo tiene los niveles de insulina muy bajos, lo que facilita la tarea de quemar grasas, explican los partidarios del ayuno intermitente-, si bien el grupo investigado es reducido, por lo que conviene tomarse los resultados con cierta prudencia.

En cambio, no hay, al menos de momento, evidencias objetivas que demuestren otros supuestos beneficios que se atribuyen al fasting, tales como su impacto en el desarrollo muscular al estimular la hormona del crecimiento o su aporte preventivo para evitar que se dispare el colesterol y también para dificultar el desarrollo de patologías como la diabetes tipo 2.

Parece evidente que todavía queda mucho terreno por abonar desde el punto de vista científico para que los resultados sean concluyentes al 100% de uno u otro lado, de ahí que el terreno actual más adecuado en el que movernos en el debate sobre el ayuno sea el medio: existen argumentos tanto lógicos como científicos para creer en sus beneficios, pero no son tan definitivos como para que genere dudas, a lo que hay que sumar argumentos sólidos para desaconsejar que el ayuno sea tan prolongado como plantea este hábito alimentario. Por lo tanto, es totalmente comprensible que el debate se mantenga abierto con posturas opuestos que son perfectamente legítimas. En cualquier caso, será la ciencia y no ningún gurú quién dicte sentencia en el futuro.

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