La microbiota y nuestra salud

En nuestro cuerpo, habitan más de mil tipos diferentes de bacterias cuya función más importante es defendernos de todos los intrusos que quieran atacarnos.

  • Por Inma Coca

La ciencia cada día les da una mayor importancia a estos pequeños seres que viven en nosotros, pero que apenas conocemos.

La doctora Silvia Gómez Senent, autora del libro Universo microbiota, nos anima a “aprender sobre los superhéroes del aparato digestivo”, ya que comprender cómo funciona nuestro organismo y su relación con todas las bacterias que en él habitan puede no solo mejorarnos la salud, también el estado de ánimo.

El término ‘microbiota’ no refiere a otra cosa que al conjunto de bacterias y otros microorganismos que habitan en nuestro interior. En total, debemos contar, como mínimo, 1.000 tipos de bacterias. Son diminutas, pero pueden llegar al 1,5 o 2 kilos de peso todas juntas. La cantidad, características y composición dependen de muchos factores, que abarcan desde la edad hasta la alimentación que ingerimos o nuestro estado de salud.

En equilibrio

Independientemente de estos factores, el objetivo es que nuestra microbiota esté en equilibrio, para que pueda cumplir con la función de defendernos de virus o bacterias dañinas, así como colaborar en el proceso de la digestión, para que podamos absorber los nutrientes y convertirlos en energía.

Y es que, como bien nos recuerda la doctora Gómez, la digestión no solo se produce en el estómago. En el intestino, también se llevan a cabo procesos vitales para nuestra salud general, como, por ejemplo, evitar que diferentes patógenos que pueden saltarse la barrera del estómago penetren en nuestro torrente sanguíneo y nos enfermemos.

Es común que, al hablar de sistema inmune, no se piense en el sistema digestivo como parte de esa defensa, pero, hoy en día, se sabe que el intestino es una de las principales barreras defensivas.

¿Qué altera nuestra microbiota?

Por norma general, sin entrar en enfermedades concretas, nuestra microbiota funciona de forma correcta desde que nacemos. Esto quiere decir que, en la mayoría de los casos, somos nosotros quienes, con nuestros hábitos de vida, solemos desequilibrar la armonía que reside en nuestro intestino. Uno de estos culpables, que no está del todo en nuestras manos, son los antibióticos. Obviamente, son necesarios para combatir una infección (ya sea en la garganta, en el pulmón o el corazón), pero, al llegar a nuestro intestino, arrasa por completo lo que antes llamábamos ‘flora intestinal’, término que se ha quedado algo anticuado.

Una mala alimentación, rica en grasas o azúcares, así como el alcohol, afecta a todas las familias de bacterias que habitan en nosotros, con consecuencias que pueden llegar a ser crónicas. Por último, otro gran enemigo de nuestra salud general que puede comenzar a dar problemas al alterar la microbiota es el estrés, sobre todo, el que se denomina crónico.

Las consecuencias

Las enfermedades más comunes y recurrentes que se dan cuando la microbiota se ve alterada son el síndrome del intestino irritable, el estreñimiento crónico o la diarrea aguda. Todas ellas pueden ser, a su vez, síntomas de otras patologías, por lo que raramente se trata o estudia el estado de la microbiota. 

En un paso más allá, numerosos estudios, han denominado a este conjunto de bacterias y microorganismos como el ‘segundo cerebro’, debido al poder que ejerce tanto sobre nuestra salud, como en nuestro estado de ánimo.

Volver al orden

Algo que puede parecer complicado y que requiere un tratamiento determinado, resulta que, en la mayoría de los casos, es tan sencillo como vigilar la alimentación y realizar algo de ejercicio cada día. Por supuesto, descansar las horas necesarias es un plus.

Entre los alimentos que debemos destacar, las frutas y verduras, dado que son el alimento perfecto de las bacterias más beneficiosas. Las legumbres, por su composición y características especiales en la digestión, también son muy apropiadas en estos casos. El último consejo, pero no menos importante, es aprender a conocer tu cuerpo e interpretar las señales que te manda. Asimismo, debes estudiar cómo te sienta cada alimento para, así, dosificarlo de acuerdo a tu necesidades.

Señales desde tu intestino

Cuando la microbiota está dañada, esa armonía que debería reinar en el sistema digestivo se ve alterada y los efectos no tardan en se evidentes. El problema surge cuando no sabemos interpretar estas señales o no las conocemos. Aquí repasamos algunas de las más frecuentes:

  •  Estreñimiento o diarrea frecuente. Examinar tus deposiciones te puede ayudar a conocer cuál es el estado de tu sistema digestivo. Estas deposiciones no deben ser ni blandas y duras. Tampoco es buena señal cuando tienen forma de pequeñas bolitas o su color es claro.
  • Lengua blanca. Su pérdida de color puede deberse a una gastritis.
  • Flatulencias. Algunos alimentos aumentan los gases en el estómago, pero si esto es recurrente, deberías prestar atención.
  • Dolor abdominal. Sobre todo, cuando se presenta tras la mayoría de las comidas, sin importar la cantidad o los alimentos ingeridos.

¿Probióticos o prebióticos?

Aunque te suenen muy similares y ambos estén destinados a cuidar a la microbiota, lo cierto es que son productos muy distintos. Los probióticos son suplementos que contienen organismos vivos. Uno de sus usos más extendidos es su toma tras la ingesta de antibióticos (unas horas después), para repoblar el organismo tras el tsunami que implica la medicación.

Por su parte, los prebióticos son el alimento necesario de las bacterias. Al tomar estos suplementos, estarás reforzando todos esos microorganismos que viven en tu intestino. De igual manera, estos son adecuados en momentos puntuales, cuando tu estado de salud no pasa por un buen momento, pero no está demostrado que tengan un beneficio apreciable en una persona sana.

En tu día a día, puedes consumir probióticos que se encuentran de forma natural en productos como el yogur o el chucrut. En cuanto a los prebióticos, son en gran medida fibra, por lo que se incluyen en los cereales integrales y las verduras de hoja verde o la soja.

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