Los mitos del colesterol.

El cuerpo necesita el colesterol y, por eso, lo fabrica. El problema es que hay que controlarlo porque si el nivel sube, es un peligro para el corazón.

Las hormonas femeninas protegen a la mujer del riesgo cardiovascular porque aumentan el colesterol bueno; sin embargo, esta protección desaparece con la menopausia y ellas acaban teniendo las mismas posibilidades que los hombres de sufrir una enfermedad de este tipo. Toma nota: mujer, 50 años... aumenta el riesgo. De todos modos, a partir de los 20 años conviene controlar los niveles de colesterol en sangre cada cinco años. Si están elevados, tendrás que hacerte análisis con más frecuencia, cuando el médico te lo indique.

¿Ángel o demonio?
Si eres de las que sólo con oír su nombre te echas a temblar pensando que se trata de una sustancia dañina, tal vez te convenga saber que el colesterol es un compuesto indispensable para tu organismo. Está presente, en pequeña cantidad, en las membranas celulares y es necesario para producir algunas hormonas sexuales, vitamina D, ácidos biliares... No te sorprenderá, por tanto, saber que una parte importante del que tienes se produce en el hígado, pero los alimentos que comes (sólo los que son de origen animal) también te lo aportan.

El exceso hace (mucho) daño. El problema surge cuando los niveles de colesterol en sangre son altos, ya que el exceso se puede depositar en las paredes de las arterias haciendo que se estrechen y endurezcan, es decir, provocando ateroesclerosis y, como consecuencia, enfermedades cardiovasculares (angina de pecho, infarto, ictus).

Te puede tocar a ti.
Son muchos los factores que hacen subir los niveles de colesterol. Algunos son genéticos y provocan hipercolesterolemia familiar, que se caracteriza por que familias enteras, incluidos los niños, tienen este problema. La edad y el sexo también influyen, los valores aumentan a partir de los 20 años y hasta los 50 suelen ser más altos en los hombres que en las mujeres; a partir de esta edad (coincidiendo con la menopausia) la situación se invierte. Los hábitos de vida (alimentación, estrés, sedentarismo, sobrepeso) también pueden provocar un aumento del colesterol en sangre.

No todos son iguales. El colesterol es una sustancia grasa y, por lo tanto, insoluble en un medio acuoso como es la sangre. Para que pueda ser transportado y llegar allí donde es necesario tiene que unirse con otras sustancias llamadas lipoproteínas. Hay de dos tipos, unas de baja densidad (LDL) y otras de alta (HDL), y ambas se diferencian no sólo en su densidad, también en sus funciones y en los efectos que causan en las arterias. El colesterol malo es el LDL, que circula por la sangre hasta llegar a los tejidos y células que lo utilizan. Si hay demasiado, se deposita en las arterias y puede llegar a obstruirlas; es decir, cuanto mayor sea el nivel de colesterol malo, mayor es el riesgo de sufrir enfermedades cardiovasculares. El colesterol bueno es el denominado HDL; se encarga de recoger el colesterol sobrante de los tejidos, incluidas las arterias, y lo lleva hasta el hígado para que sea eliminado. Cuanto mayor sean los niveles de HDL, menor es el riesgo de sufrir problemas cardiovasculares.

En su justa medida.
Quédate con esta cifra: 200 mg/dl. En condiciones normales (sin ningún tipo de enfermedad), el nivel recomendable de colesterol total es de 200 mg por 1 dl de sangre. El LDL debe ser inferior a 100 mg/dl. Mientras que unos valores de HDL por encima de 60 mg/dl suponen una mayor protección frente a la enfermedad cardiaca.

¿Dieta mediterránea? Sí, gracias. Para desatascar las arterias, el objetivo es bajar el LDL y aumentar el HDL. Si quieres conseguirlo, reduce el consumo de grasas saturadas (presentes en las carnes grasas, embutidos, lácteos enteros) y de las denominadas trans, que se encuentran en la bollería industrial, alimentos precocinados... (pueden aparecer en la etiqueta como aceites vegetales parcialmente hidrogenados). Estas últimas son las peores, porque aumentan el malo y bajan el bueno. La mejor opción es la dieta mediterránea, que se caracteriza por un consumo diario de frutas, verduras, cereales y legumbres (está comprobado que la fibra soluble y los esteroles vegetales reducen los niveles de colesterol malo), pescados y aceite de oliva (contiene oleico, que hace bajar el malo y subir el bueno).

¡Cambia de vida!
El estrés y la vida sedentaria son también enemigos de tu corazón. El sobrepeso dispara los niveles de LDL y reduce el HDL. Para evitarlo, además de reducir las calorías, muévete más. Olvídate de la pereza y piensa que el ejercicio hace aumentar el colesterol bueno.

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