¿Te quieres demasiado?

La autoestima es imprescindible para construir nuestra personalidad y disfrutar de la vida. Pero ¿y si nos pasamos? ¿Qué hay detrás de quererse más de la cuenta y cómo podemos detectarlo?

La autoestima es imprescindible para construir nuestra personalidad y disfrutar de la vida. Pero ¿y si nos pasamos? ¿Qué hay detrás de quererse más de la cuenta y cómo podemos detectarlo?

 

¿Te ocurre a ti?

Seguramente, no. Porque ser consciente de que tu ego está tan inflado como un globo y puede elevarte por las nubes significa que no lo está tanto.

 

Pero tampoco nos engañemos, porque el ego (exceso de autoestima, como lo define la Real Academia de la Lengua) no es precisamente fácil de controlar. Y hay personas que confunden afirmarse con imponerse a los demás, que necesitan ser el centro de atención y que lo que señalan en los otros como graves fallos lo ven en sí mismas como meras insignificancias o, cómo no, cuestiones que ‘escapan de sus manos’, de las que -por supuesto- no son responsables: para echar las culpas ya nos tienen a nosotros...La infancia, pero también la sociedad actual están detrás. 

 

¿A qué obedece esta conducta?

“Aunque los patrones de los padres pueden ser un camino para adquirirla, igualmente influyen otros modelos (amigos de la familia, parientes cercanos...).

 

¿Qué puede provocarla? Por ejemplo, consentir todos los caprichos y deseos de los hijos, no fomentar la tolerancia a la frustración, el conformarse”, explica Jorge Barraca, presidente de la Sociedad Española de Psicología Clínica y de la Salud (SEPCyS).

 

Pero no sólo eso: según indica el experto, hoy en día también influyen los patrones que pueden encontrarse en los medios de comunicación.  “Estamos en una sociedad que refuerza al atrevido, al ‘echao p’alante’, al presuntuoso.

 

Si esto es lo que se entiende como un valor social positivo o, por ejemplo, en las empresas, frente a la persona modesta y cuyos méritos se aprecian con el tiempo, estamos todos involucrados... ¡favoreciendo la prepotencia y a los arrogantes!”.

 

Pero ¿acaso no puede ser un mecanismo de defensa? 

Es decir, que sea una actitud impostada que adoptamos para hacernos valer delante de los demás o en situaciones que nos resultan incómodas.

 

¿Qué dice la psicología al respecto? Pues que en algunos caso sí puede ser así. Barraca lo corrobora: “De hecho, en psicología se habla de que para compensar los miedos, las fobias..., determinadas personas pasan por hacerse los atrevidos, los arrojados y temerarios”.

 

Y tiene un nombre clínico: contrafobia. “Algo semejante pasaría cuando uno, de forma inconsciente, se siente incompetente o con carencias importantes (sociales, intelectuales, personales...) y se ‘enfunda’ la chulería.

 

Sin embargo, esta prepotencia se viene abajo cuando se experimenta una gran presión, cuando alguien realmente fuerte se pone delante o si se genera una situación que le desenmascara porque deja claras sus limitaciones”, apunta el psicólogo. Y este es un signo característico de estas personas: ocultar sus limitaciones. ¿El motivo? La falta de honestidad consigo mismos y la incapacidad para asumir que son, ni más ni menos, como el resto de los mortales, que tienen tanto defectos como virtudes. Y eso es humildad...

Cegados, más que pagados de sí  mismos...

Eso deberíamos decir, por lo apuntado antes: es muy difícil que una persona pueda notar que tiene este comportamiento.

 

El psicólogo explica: “No es fácil, al menos cuando el comportamiento está muy arraigado; cuando ya constituye la forma de ser de uno mismo. Justamente, reconocer los fallos es un ejercicio de humildad, y ésta les falta”.

 

¿Se podría cambiar? “El camino para llegar a apreciarlo es largo, requeriría el acompañamiento de personas de mucha confianza que nos sepan transmitir que aunque uno tenga limitaciones, cometa errores, no por eso se le va a querer o valorar menos”.

 

¿Cómo hay que actuar ante estas personas?

“Hay que saber comportarse ante ellos para mantener la calma, conseguir nuestros objetivos sin que interfieran en ellos y, si se puede, ayudarles a que suavicen su comportamiento por su propio bien”, dice el psicólogo. Pero ¿cómo? “Si conseguimos trasladarle que hay gente a su alrededor que se siente avasallada por su conducta y que esto para él tiene consecuencias negativas (sobre todo, hay que insistir en este punto), no sólo nos estaremos protegiendo, sino ayudando a dicha persona”.

 

Para eso podemos seguir una serie de pautas, que nos faciliten qué hacer en cada momento:

 

1. Ante todo, mantente serena y mira con distancia al prepotente. Él es (y será) también víctima de su propia actitud y, encima, no es consciente de ella. La vida se encargará de darle buenas lecciones.

2. Piensa que, realmente, las personas seguras de sí mismas no alzan la voz, no van avasallando, muestran humildad, exhiben respeto. Nadie que deje de hacer esto es especial o posee realmente seguridad interior.

3. No entres a discutir o a afearle su conducta: no vas  a conseguir nada. Al contrario, se incrementará la tensión, porque estas personas se defienden atacando.Si se te hace muy complicado de sobrellevar porque lo tienes muy cerca, sepárate o aíslate cuando puedas. Descansa en las ocasiones en que te sea posible.

4. Coméntalo con otras personas, especialmente si lo conocen. Compartir impresiones sobre alguien así te ayudará a no verlo como alguien superior o peligroso, sino precisamente todo lo contrario. 

 

Si detectas esta actitud en tu hijo...

¿Cómo debes reaccionar? Barraca explica: “Hay que ‘bajarle los humos’ lo más pronto que se pueda, pero con comprensión y empatía. 

 

Si le ocurre a un adolescente, seguramente tendrá mucho que ver con no sentirse respetado, no verse capaz... Hay que explicarle que, aunque en un principio crea que le va mejor actuando así en sociedad, se convertirá a la larga en alguien poco apreciado. Debes transmitirle que sin humildad, sin reconocer sus fallos, no podrá progresar".

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