Vida Bipolar. Emociones Descontroladas.

La actriz Catherine Zeta-Jones confesó no hace mucho que padece un trastorno bipolar pero no es el único personaje famoso que se han atrevido a hablar de su bipolaridad. Jim Carrey, Mel Gibson o Robert Downey Jr- también lo sufren. El exitoso presentador británico Stephen Fry ha declarado haber intentado suicidarse hasta en dos ocasiones debido a sus altibajos emocionales. Viendo que es un hombre que lo tiene ‘todo’ muchos no lo comprenden. “Pero es que esa es la cuestión. No hay un porqué. "La enfermedad me hace víctima de mis estados de ánimo”, ha dicho. Aunque a veces hablemos de esta enfermedad con cierta ligereza, es más grave de lo que parece. Ser víctima de las propias emociones es duro y puede tener nefastas consecuencias.

Sin apenas darnos cuenta, hemos incorporado al habla coloquial expresiones como ‘estoy bipolar’ o ‘esa persona es bipolar’. Pero aceptar esto sería quedarnos en la superficie: este trastorno no es un mero baile de emociones, sino una enfermedad psiquiátrica grave que necesita tratamiento y mucha comprensión.

Gran vacío de información
Más allá de las celebrities que reconocen, con mayor o menor sinceridad, tener trastorno bipolar, lo cierto es que, en nuestro día a día, existe una enorme falta de información de lo que verdaderamente representa esta enfermedad, “una gran desconocida que, socialmente, está muy distorsionada”, según explicó la doctora Ana González-Pinto, jefe de Psiquiatría Clínica del Hospital Universitario Santiago Apóstol de Vitoria, en el transcurso del XII Seminario Lundbeck Trastorno bipolar: ánimo sin control. Para esta experta, en nuestro entorno “los afectados ocultan que lo sufren por miedo, por vergüenza y por la idea de que reconocerlo puede afectar negativamente a su vida social, laboral y familiar”.

Varios niveles
Pero, ¿qué es realmente el trastorno bipolar? De forma muy general, podríamos explicar que se trata de una enfermedad cerebral caracterizada por estados alternantes de dos polos emocionalmente opuestos: por un lado, fases de depresión profunda; por otro, fases de manía en las que el paciente experimenta sensaciones de agitación, invulnerabilidad, euforia, grandiosidad, omnipotencia... Entre estos episodios existen también periodos en los que los síntomas prácticamente desaparecen. Son las denominadas “fases de eutimia”. Pero todo esto es una primera aproximación: dependiendo de las señales que se experimenten, hablamos de Trastorno Bipolar I, en el que los síntomas maníacos son tan graves que pueden requerir hospitalización; de Trastorno Bipolar II, en los que las manifestaciones de la manía son leves -hipomanía-; o también podemos referirnos a que alrededor de un 30% de los enfermos sufre síntomas mixtos: en una misma fase se mezclan signos tanto de manía como de depresión.

Difícil de identificar
Aun cuando estas distinciones puedan, desde fuera, parecernos superfluas, son esenciales de cara a conseguir un diagnóstico correcto, sin el cual no se podrá prescribir el tratamiento adecuado. Así, la doctora González-Pinto explica que “más del 50% de los enfermos no son evaluados correctamente al inicio, mientras que el 30% de los pacientes jóvenes a los que se diagnostica depresión tienen, en realidad, un trastorno bipolar”. Efectivamente, uno de los problemas habituales es que los afectados no identifican la etapa de hipomanía como un signo de enfermedad, y suelen acudir a la consulta cuando están con el estado de ánimo muy bajo; de ahí que, demasiado a menudo, se les determine una depresión y se les prescriba fármacos antidepresivos, que están contraindicados, ya que favorecen el efecto rebote de la manía.
Un diagnóstico correcto es esencial, pues debemos recordar que, aunque el trastorno bipolar es una enfermedad crónica, episódica y recurrente, si se trata adecuadamente no tiene por qué impedir que el paciente tenga una vida normalizada. “Sabemos que los afectados que no siguen tratamiento tienen incrementada en un 8% la tasa de mortalidad - explica el doctor José Manuel Montes, jefe de Psiquiatría del Hospital Universitario del Sureste de Madrid-. En cambio, si siguen uno adecuado pueden mantener su nivel de funcionamiento social y laboral con normalidad, evitando además las recaídas y sus consecuencias: hospitalización, riesgo de suicidio, cronificación de la enfermedad o aparición de déficit cognitivo”.

Lograr la normalidad.
El tratamiento es, obligadamente, farmacológico. En la fase aguda, el objetivo es aliviar los síntomas del episodio actual, sea de la naturaleza que sea; en la fase de mantenimiento, la idea es prevenir futuros incidentes y conseguir que el paciente recupere su nivel habitual de funcionamiento en todos los ámbitos. Pero el gran reto, explica, es el de “conseguir que los enfermos cumplan bien el tratamiento, algo que no siempre es sencillo, pues cuando no tienen síntomas pueden perder la percepción de su trastorno y abandonar la medicación. Por eso es importante que, en una segunda fase, asistan a programas de psicoeducación, que les permitirán conocer bien su enfermedad y aprender a vivir con ella”. Y, por supuesto, que quienes estamos cerca de ellos les prestemos su apoyo y estemos alerta ante cualquier síntoma, por pequeño que sea.

Un bipolar en el día a día:
Según el Estudio Impacto Bipolar hecho a 700 pacientes en cinco países (entre ellos España):
-El 76% ha visto reducidas sus expectativas de éxito en la vida.
-El 78% ha tenido un impacto negativo en su salud física.
-El 45% sufre discriminación.
-El 50% perdió su trabajo por la enfermedad.
-El 56% se siente aislado y solo en la fase de manía.
-El 71% ha visto perjudicadas su relaciones.
-El 50% se lo ha contado a sus amigos más cercanos.

Por: María Corisco.

Continúa leyendo