Simone de Beauvoir: todas se lo debemos

En abril se cumplieron 30 años de la escritora, filósofa existencialista y profesora, Simone de Beauvoir. La que fue feminista antes incluso de pensar en ello.

Simone de Beauvoir, escritora, filósofa existencialista, precursora de la revolución sexual del siglo XX y 'líder' del feminismo de la igualdad, fue feminista antes incluso de pensar sobre ello. Prácticó el poliamor, ese que está ahora tan de moda, antes de que se acuñara ese término, y tuvo una relación más duradera y signiticativa de lo que muchos de nosotros podremos decir nunca junto al también filósofo Jean Paul Sartre.

 

Todas se lo debemos

 

Lo gritó Elisabeth Badinter, su discípula, en su entierro: “Mujeres, ¡se lo debéis todo!”. Ciertamente, todas le debemos mucho. Porque fue feminista antes siquiera de que se pensase sobre ello. Antes incluso de que ella se parase a pensar sobre ello. Simone sabía que nada la hacía distinta por ser mujer, que su pensamiento no se había condicionado por ello, y gracias a ella muchas otras pudieron comprenderlo. Su enseñanza fue que la mujer podía hacer, como ser libre que era, todo lo que le diera la gana. “Que nada nos limite, que nada nos defina, que nada nos sujete. Que la libertad sea nuestra propia sustancia”, dijo.

 

Cambio de destino

 

Y sin embargo, su vida no estuvo siempre encaminada a ser un icono de la lucha feminista, de la igualdad. Ni siquiera tendría que haber sido la gran pensadora y escritora que fue si se hubiera limitado a cumplir el destino que la sociedad le reservaba: el de madre y esposa. Nació en París en 1908, en cuna burguesa, y aunque su padre siempre quiso que estudiara, la cultura en una mujer solo tenía sentido como complemento. Una filigrana más en el decorado del jarrón. Posiblemente, ni le hubieran permitido ir a la Sorbona de no haber estado de vacas flacas en ese momento.

 

Amor necesario

 

En la Universidad conoció al que sería su compañero de por vida, de una forma única: Jean-Paul Sartre. Con él podía hablar y discutir, era la única persona que había conocido que pasaba incluso más tiempo pensando que ella. Se fascinaron mutuamente: “Éramos de la misma especie, y nuestra unión duraría tanto como nosotros”, escribiría De Beauvoir. El documental No se nace mujer lo explica de la forma más sublime: “Estuvieron juntos hasta el final sin vivir juntos. Amaron a otros sin dejar de amarse”. Lo prometieron y lo cumplieron: siempre fueron fieles al amor que sentían, siempre volvieron el uno al otro, se contaron todo, se comprendieron. Y no vivieron bajo el mismo techo en los 51 años que permanecieron unidos. Ellos lo llamaron “el amor necesario” frente a los “amores contingentes”.

 

Libertad, tesoro de pocos

Entre éstos otros amores hubo amigos en común, alumnas. Incluso compartieron amantes contingentes en varios momentos. El escritor Nelson Algren lo fue también, y con él vivió un romance apasionado, totalmente dichoso. Estaba enamorada por completo, como se puede leer en las más de 300 cartas que le envió y, no obstante, “no podía dejar a Sartre, la escritura y Francia”, le escribió.

 

La libertad le era indispensable, pero su práctica no está al alcance de cualquiera. Como tampoco oír la verdad: la de la mujer como eterna secundaria, la de la prostitución, la del amor libre o el aborto, hasta la de la menstruación: ¡la innombrable! Y, ay, cómo nos gustan las mujeres que resultan ‘incómodas’.

 

Su obra

 

El segundo sexo (1949) es una obra necesaria. Analizó la situación de género desde la biología, la psicología, la antropología, las relaciones... Incitó a la mujer a liberarse de los yugos impuestos por la sociedad. A la historia ha pasado su frase "No se nace mujer. Se llega a serlo" que critica precisamente que la idea de la mujer no es (o no tiene por qué ser) real, sino que es una construcción cultural (una mujer es presumida, descarada o sumisa, servicial, cariñosa y delicada, maternal, etc.)

Continúa leyendo