Ira o estrés, ¿cuál es tu caso?

Imagina que un día, mientras atiendes una simple llamada de teléfono, saltas como una leona. Tu reacción está tan fuera de lugar que te quedas espantada de ti misma. ¿Será que no puedes más o esa irritabilidad ha ido siempre contigo y ahora se manifiesta en ‘todo su esplendor’?


"Yo creo que antes no sentía esta agresividad, o tal vez sí, solo que ahora, que estoy pasando una etapa dura, de mucho trabajo y tensión, se manifiesta en toda su potencia. ¿Es estrés lo que tengo o es que soy una persona irascible? Porque todo me irrita, me pone nerviosa y me saca de mis casillas. Y no sé qué puedo hacer”, nos escribe Paula, de 38 años, madre dos niños pequeños y trabajadora a tiempo completo en una empresa de embalaje, en Madrid.

 

¿Qué es la ira?

“La ira es una emoción muy estudiada en psicología, pues se ha asociado repetidamente con problemas de salud, malestar emocional, dificultades para resolver problemas o situaciones vitales de forma adecuada, etc.”, dice Jorge Barraca, doctor en Psicología y presidente de la Sociedad Española de Psicología Clinica y de la Salud (SEPCyS; jorgebarraca.com).

Por una parte, como el mismo experto explica, se considera un rasgo de personalidad, en el que desde luego influye lo aprendido y vivido (el comportamiento de nuestros padres en casa, cómo es nuestro entorno social más inmediato...), pero también “tiene una carga genética”.

 

La frustración es la clave

Y agrega: “Pero, sin lugar a dudas, está asociada también con la frustración, de forma que sí, ese rasgo de personalidad se manifiesta de forma más intensa a partir de situaciones que frustran, que no podemos controlar”. Entonces, mientras que la primera sería la ira como rasgo, la segunda es una ira provocada por la situación. Y ahí el estrés (ese ‘querer llegar a todo’) incide, inclina la balanza.

 

Y tú, ¿eres irascible?

¿Qué define a alguien irritable? Porque, sabiéndolo, podremos conocer si es nuestro caso, si además de influir que pasamos por una situación crítica (de más estrés y ansiedad), somos así por nuestro carácter y entonces contamos con más herramientas para hacerle frente.

“Son personas con actitudes de desconfianza general, susceptibles y con tendencia al enfrentamiento”.
“También son de natural más tensas con una activación basal mayor [es decir, su organismo quema o gasta más energía en reposo que el de los demás]; por eso, parecen más nerviosas, prontas a saltar, con dificultades para calmarse, y suelen entrar en enfrentamientos, no encauzan bien sus emociones...”.

“Eso sí, puede haber una ira más hacia fuera [que se vierte hacia los demás], que se asocia con la hostilidad, y otra más hacia el interior [no se muestra externamente, sino hacia dentro de uno mismo], que se vincula con el desarrollo de enfermedades”, dice el experto. Y es que, según varios estudios, entre ellos uno (2002) del catedrático de Psicología Juan José Miguel -Tobal, de la Universidad Complutense de Madrid, “la ansiedad y la ira son en muchos casos el precedente y la causa de enfermedades físicas, especialmente si se trata de trastornos cardiovasculares; las emociones, sobre todo si se trata de ira o ansiedad, pueden incrementar la vulnerabilidad ante una enfermedad, comprometer al sistema inmunológico o incrementar los niveles de lípidos”.

 

¿En qué se diferencia alguien irritable de por sí de quien lo es por estrés?

En realidad, es fácil distinguirlos. “Porque la persona que tiene la ira como característica personal siempre ha sido así (desde adolescente) y posee los otros rasgos de personalidad mencionados. En cambio, los que están irritados suavizan esa emoción cuando descansan una temporada (medianamente larga, eso sí; no vale ‘cortar’ un solo día o dos) y se liberan de las situaciones que les tensan”.

Además, de forma técnica y científica hay test que sirven para evaluar si la ira se debe a una respuesta situacional concreta o si se trata de un rasgo de carácter. “El STAXI es el más conocido de estos test y muchos psicólogos lo aplican habitualmente”, agrega el experto. Para saber más: teaediciones.com.

 

¿Qué podemos hacer para controlarnos?

“Lógicamente, no hay estrategias que así, de pronto, vayan a calmarnos”, dice el psicólogo. Lo mejor es analizar qué situaciones ‘nos disparan’, para intentar evitarlas o, en caso de no poder hacerlo, aprender estrategias para no ‘escalar emocionalmente’ hasta ese estado de nerviosismo y tensión.

¿Cómo? Hay que darse tiempo. Porque existe. Entre ese calor que te anega y te sube desde el estómago, esa reacción física, y tu respuesta emocional tienes un margen de reacción y de control. Y ahí, algo tan elemental como contar hasta diez mientras respiramos profundamente puede ayudarnos. También el psicólogo puede echarnos una mano. “Cuando se repiten estas situaciones, la terapia es efectiva. El experto nos ayudará a que estos episodios se disipen lo antes posible: con técnicas de relajación, respiración diafragmática (desde el estómago), mindfulness, distracción dirigida o métodos cognitivos que hagan que los pensamientos que nos irritan más se cambien por otros más realistas, objetivos, positivos y tranquilizadores”.

 

Protégete de los ‘airados’

¡Stop! No tienes por qué aguantar el malestar ajeno, a no ser que esa persona te importe o que seas el responsable de la situación. Así que ponle freno. En cuanto te griten, déjalos con la palabra en la boca. No les escuches ni te enfrentes. ¿Es culpa tuya? Entonces, pide perdón y busca una solución. Si no la hay, solo te queda ser honesta y admitir tu responsabilidad, pero nada de caer en martirizarte. ¿Convives con esa persona? “Entonces, lo mejor es ayudarla a que reconduzca esa ira. Busca ayuda profesional. Pero ojo: si siempre estás calmándolo, sometiéndote para que no se altere, no lograrás tu objetivo y seguirá saltando por cualquier cosa, y tú cada vez estarás más frustrada”.


 Por: Carmen Sabalete.

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