Medialuna de manteca, el dulce argentino que te alegrara desayuno

Toma su origen del cruasán francés, pero es más dulce y menos crujiente que este.

Cuando en España hablamos del cruasán, croissant para muchos porque es una de esas palabras cuya traducción recomendada no termina de calar, pensamos indistintamente en dos formas diferentes. No solemos distinguir entre los que tienen forma de medialuna, con sus piquitos característicos o cuernos, y los afrancesados, que también tienen extremos estrechos, en forma de pico, pero alineados, y un cuerpo central más ancho. 

Las recetas de uno y otro estilo de cruasán se han mezclado tanto que ya no se puede generalizar afirmando que unos están hechos de una manera y otros de otra, pero lo cierto es que en origen no son el mismo bollo, y te lo vamos a demostrar ayudados por la geografía y la historia de la cocina. La medialuna de manteca argentina no es lo mismo que el cruasán francés. 

Las medialunas tienen su versión XL, muy española, que solemos pedir en los bares con relleno “mixto”, de jamón y queso, y a la plancha, pero por lo general su tamaño es pequeño, lo que para nosotros serían “minicruasanes”. Esos que tanto se estilan como alternativa a las pastas en la hora del café. 

Este dulce tiene su origen en el cruasán francés, que es minimalista en comparación con la versión argentina en forma de medialuna. Ocurre algo parecido con los bollos de canela suecos y los norteamericanos, mucho más recargados y dulces estos últimos, los cinnamon rolls que los primeros, los kanelbullar.

Diferencias con el cruasán francés

Las diferencias, además de la forma, son varias, pero destacan por encima de todo tres. Las dos primeras tienen que ver con la masa. La de las medialunas argentinas está enriquecida con azúcar, cosa que no ocurre con la del hojaldre del cruasán francés. Por eso este último tiene un sabor más puro a la mantequilla, menos dulce, un poquito más neutro. Es más, sus detractores suelen acusar a este dulce de “soso”. Esto no pasa con las medialunas, que sí son más dulzonas. 

Además, se utiliza manteca en las medialunas, grasa de origen vegetal, mientras que en el cruasán francés es indiscutible el uso de la mantequilla, grasa de origen animal. En concreto, la mantequilla se obtiene de la leche de vaca y la manteca tiene una composición elaborada a partir de la mezcla de aceites vegetales.

La tercera gran diferencia es la consistencia. Las medialunas argentinas son jugosas por dentro pero también por fuera. No tienen ese toque crujiente de los mejores cruasanes franceses. Entre otras cosas, es así por la forma de hornearlas, pero sobre todo porque al pintarlas con almíbar se reblandecen un poco. 

Versión de panadería o de confitería

En Argentina, las medialunas sin relleno son el bollito por antonomasia del desayuno, pero como ocurre en España con el cruasán “con cuernos”, se pueden encontrar rellenas con distintas combinaciones. Por ello, no solo se toman a primera hora del día.  

Casi siempre se imponen las medialunas descritas, que también se conocen como “de confitería”, tal y como explican en la sección de astronomía del diario Clarín, pero en Argentina se puede disfrutar una versión más crujiente y afrancesada, conocida como medialuna “de panadería” según la misma fuente. 

En ambos casos, estamos hablando como decíamos anteriormente, de un bollo que tiene su origen en el cruasán francés, que por cierto tampoco es oriundo de este país, sino que la versión histórica más extendida lo sitúa en Centroeuropa. Bien es cierto que fueron los franceses los que popularizaron este dulce cuyo nombre se inspira en la luna y su “cuarto creciente”. 

En Argentina, igual que hicieron con la pizza italiana, lo hicieron suyo con pequeñas modificaciones que son las que diferencian a sus medialunas, que en España son tan consumidas como el cruasán. Este queda más reservado para la “Alta pastelería”, pero a pie de calle es casi más fácil encontrar versiones más parecidas a las medialunas que al cruasán.

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Rubén García

Rubén García

Durante años me dediqué a la comunicación deportiva, pero me di cuenta a tiempo de que en mi otra gran pasión, la gastronomía, no era tan alto el riesgo de sufrir esguinces de tobillo. Ser "entrenador personal" del paladar es mucho más placentero. Yo me lo guiso, yo me lo como, y de paso lo comparto, porque las comidas inolvidables son las que se disfrutan en buena compañía.

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