Revista Mía

¿Se puede comer la piel del pollo?

Es uno de los mitos más extendidos sobre este alimento, uno de los más consumidos en todo el mundo

Con el pollo hay mitos para quedarse sin dedos de la mano libres al enumerarlos. Uno de los más extendidos es considerar peligrosa para la salud a la piel de este ave que es uno de los alimentos más consumidos en todo el mundo.
Que si el que tiene la carne de color amarillento es de mayor calidad cuando lo único que indica es que fue alimentado de manera distinta al “blanco”, que si es mejor descongelarlo con agua caliente, siendo lo recomendable por cuestiones de salud hacerlo en la nevera de un día para otro, y un largo etcétera de falsas verdades muy afianzadas entre buena parte la población.
Ocurre algo parecido con la piel. Hay quien se lleva las manos a la cabeza cuando ve a otra persona degustar (y relamerse, a menudo) con la piel crujiente del pollo asado o de las alitas de pollo bien fritas. Y no lo hacen porque les da “asco”, que hay personas a las que les ocurre con la piel del pollo por muy cocinada que esté; lo hacen porque piensan que es potencialmente dañina para la salud. ¿Qué dicen la ciencia alimentaria al respecto?
Te damos algunos consejos sencillos de aplicar en casa para que no vuelvas a tirar la toalla y acabes recurriendo a comprarlos una vez más en la tienda del barrio de comida para llevar.

Pollo asado

En términos saludables, la piel del pollo es aconsejable no tomarla. Mejor retirarla. Pero no porque sea transmisora de bacterias, como la mayor parte de la gente cree, sino porque tiene un altísimo contenido en grasa y, en consecuencia, su aporte calórico dispara el del pollo. En concreto, al consumir este producto de origen animal con piel estamos duplicando el contenido calórico del alimento, ya que al menos un tercio de su composición es grasa —hay fuentes que hablan hasta de 48 gramos por cada 100—.

Claves: cocinarlo bien y su correcta manipulación

En el otro lado de la balanza, hay que incidir en que es recomendable cocinar el pollo con piel, a excepción de la parte de la pechuga evidentemente, porque está hace de barrera contra la grasa, que no penetra tanto en la carne cuando lo asamos o freímos. Piensa, sin ir más lejos, en el pollo asado, que solemos rociarlo con algo de grasa (aceite de oliva virgen extra además de cítricos y otros productos aromatizantes— para que quede más jugoso.
La clave para que la piel del pollo no sea peligrosa para la salud es su cocción. Es verdad que en crudo, como todo el pollo, es un producto conductor de bacterias, de ahí que debamos cocinarlo siempre muy bien a temperaturas elevadas con independencia del método que utilicemos. Da igual si al horno, cocido, frito o en la freidora de aire, por citar cuatro alternativas.
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Pechugas de pollo crudasiStock

En el pollo crudo el número de gérmenes que puede contener es alto. Sobre todo en la piel, pero no únicamente. Por ello, te insistimos en cocinarlo a temperaturas altas durante el tiempo suficiente para que estas bacterias desaparezcan —a veces dejamos el centro un poco crudo pese a que la parte exterior y los extremos estén bien cocinados— y también en que tengas cuidado en la manipulación del producto en crudo.
Esto implica lavarse muy bien las manos después de manipularlo y hacer lo propio con las superficies donde lo hagas y los utensilios de cocina de los que te hayas ayudado.
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