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Curiosidades

No hay una zona concreta de la lengua para detectar cada sabor

Una de las cosas que se suele enseñar en el colegio es que en la lengua tenemos varias zonas diferenciadas, de modo que en cada una de ellas detectamos cada uno de los sabores básicos que existen: dulce, salado, etc. Pero en realidad se trata de un mito.

No hay una zona concreta de la lengua para detectar cada sabor
Si vamos a un colegio y abrimos un libro de texto de ciencias naturales, seguramente encontraremos algún capítulo dedicado a la alimentación y en él, es probable que se hable del “mapa de sabores de la lengua”.
Se trata de un diagrama en el que se representa la lengua para mostrar diferentes zonas señaladas con cinco colores, de modo que, supuestamente, en cada una de ellas detectamos cada uno de los sabores básicos. Así, teóricamente el sabor dulce lo detectamos en la punta de la lengua, los sabores ácido y salado en los laterales, el sabor amargo en la parte central posterior y el sabor umami (que es el de alimentos como el beicon o las algas) lo detectamos en el centro.
No hay una zona concreta de la lengua para detectar cada sabor

¿Sabías que, en realidad, no hay una zona concreta de la lengua para detectar cada sabor?Istock

Podemos comprobar si esto es cierto de una manera muy sencilla. Por ejemplo, si preparamos una mezcla de agua con azúcar y ponemos una gota en la punta de la lengua, seguramente veremos que detectamos el sabor dulce. Y si hacemos lo mismo con una mezcla de agua y sal y ponemos una gota en los laterales de la lengua, seguramente veremos que detectamos el sabor salado. Así que podríamos pensar que el mapa de sabores acierta al delimitar la lengua en esas zonas. Pero nada de eso.

¿De dónde sale el mito?

El mapa de sabores de la lengua se hizo popular a partir de un artículo publicado por un científico alemán llamado David Hänig, hace más de un siglo, concretamente en 1901. Lo que hizo en realidad fue estudiar la sensibilidad de las distintas zonas de la lengua para cada sabor, representándolo en un gráfico. Es decir, lo que indicaba por ejemplo es que en la punta de la lengua el sabor dulce se percibía intensamente y en los laterales se percibía con menos intensidad. Y para ello se basó en la percepción subjetiva de varias personas que participaron en el estudio.
Con el tiempo, otros estudiosos interpretaron erróneamente esa publicación del científico alemán, de modo que se transmitió la idea de que había zonas específicas de la lengua para detectar sabores concretos, mientras que en otras zonas no era posible. Por ejemplo, según esto, el sabor amargo solo se percibe en la parte posterior de la lengua, mientras que en otras zonas no se detecta.
Este mito fue desmontado en el año 1974 por Virginia Collings, una investigadora estadounidense. Pero a pesar de ello ha llegado hasta nuestros días. Lo que observó esta científica es que no hay zonas específicas de la lengua para detectar los diferentes sabores. O dicho de otro modo, podemos detectar cualquiera de los sabores básicos en cualquier parte de la lengua, porque toda su superficie está recubierta por receptores gustativos capaces de hacerlo y que se encuentran en las papilas gustativas. De hecho, esos receptores del gusto están repartidos por otras zonas de la boca, como el paladar y la epiglotis.
Sabor lengua

Puede ocurrir que una persona detecte el sabor dulce con mayor intensidad en la punta de la lengua, mientras que otra lo detecte más intensamente en los laterales.Istock

Cada persona tiene su propio mapa

Aunque ese mapa genérico de la lengua no tiene fundamento, es cierto que hay algunas zonas que son más sensibles para la percepción de determinados sabores. Pero no se trata de algo que podamos delimitar de forma genérica, sino que es propio cada persona. Por ejemplo, puede que una persona detecte el sabor dulce con mayor intensidad en la punta de la lengua, mientras que otra lo detecte más intensamente en los laterales.
Teniendo esto en cuenta podemos hacer un sencillo experimento para elaborar el mapa de nuestra propia lengua. Por ejemplo, podemos utilizar agua con sal para estudiar el sabor salado, tomando un sorbo y pasándolo por toda la lengua para detectar en qué zonas lo percibimos antes y con mayor intensidad. Y podemos hacer lo mismo para el resto de los sabores. Por ejemplo, para el sabor dulce podemos emplear una mezcla de agua y azúcar, para el ácido un poco de zumo de limón o de vinagre, para el amargo un poco de tónica y para el umami un poco de salsa de soja (aunque en este caso se trata de un producto con mucha sal, así que debemos tenerlo en cuenta para distinguir por un lado el sabor salado y por otro el umami).
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